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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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Si le preguntara a cualquier transeúnte desprevenido en Santa Marta sobre lo que hace un fin de semana para recrearse, divertirse, compartir con su familia y amigos, de seguro me diría que por comodidad, seguridad y economía se va a uno de los centros comerciales que hay en la ciudad, que son pocos pero permanecen atestados.
En estos lugares cerrados hay juegos infantiles, relucientes corredores y escaleras, rampas, decoración, cafeterías, plaza de comidas, comercio variado, supermercado, cajeros automáticos y bancos por si dejaron algún pago pendiente. Hay además, un ambiente climatizado y limpio que a los samarios nos encanta.

En los centros comerciales se producen los mejores encuentros casuales, las mejores tertulias y se conciben y se realizan los mejores negocios. Allí las personas lucen diferentes, cordiales, abiertas, dispuestas al dialogo, son respetuosas, no gritan, susurran -aunque a veces tanto murmullo ensordece-, arrojan las basuras en las canecas, no suben los pies en las sillas, esperan con paciencia, no riñen, están pendientes de sus chicos, no atropellan, se mezclan, se colaboran, se mueven sin prevenciones, se sienten protegidos y sutilmente vigilados. Son el sitio preferido para andar y comportarse como mejores seres humanos cada sábado y domingo.
El espacio público de la ciudad no tiene lo que le sobra a las grandes superficies comerciales.

Para empezar, en ellos la arborización es escasa y el ambiente no es climatizado, los andenes son estrechos, en mal estado y permanecen ocupados por vendedores callejeros, perturba el ánimo la idea de un atraco o una riña, hay almacenes de comercio muy variados pero casi inaccesibles, son pocas las cafeterías, hay malos olores, bulla y las calles son vertederos de aguas residuales, para no hablar solo del centro y algunos sectores de mayor concentración y confluencia como los alrededores del mercado, la calle 23, la avenida de Los Estudiantes, algunas intersecciones sobre las avenidas de El Libertador, El Río, 19 y Ferrocarril.

En el espacio público de Santa Marta nadie respeta a nadie. Las motos y las bicicletas invaden las zonas peatonales, los peatones invaden las zonas vehiculares, los carros hacen lo mismo con las zonas peatonales, pitan, insultan, vociferan, los limpiadores de vidrios caen como avispas derramando un líquido jabonoso sin previo aviso, las busetas dejan y recogen pasajeros en cualquier esquina, circulan carretas con mercados, carros de mula y triciclos, la movilidad es un desastre, los semáforos no están sincronizados, hay huecos en las calles, agua sucia y desperdicios. Hay parques recién hechos, en buen estado algunos, canchas deportivas de barrios llenas de jóvenes que esperan un turno para echar un pique o lanzar unas canastas y otros, visiblemente deteriorados y sin mantenimiento.

Escribo sobre el espacio público construido de la ciudad porque los samarios ni siquiera conocemos las bellezas de nuestro espacio público natural que por donde lo miremos es de una calidad exquisita y que no usamos ni disfrutamos con la frecuencia que lo hacemos con los centros comerciales, supuestamente porque estamos cansados de ver tanto cachaco. Salvo excepciones como las playas del centro que se las tragó el mar por la desidia, las de Taganga riesgosas e impenetrables, las contaminadas de El Rodadero y de toda la franja costera hasta más allá del aeropuerto.

Concluyo con este repaso a vuelo de pájaro que hay un desprecio absoluto por el espacio público natural y construido de Santa Marta, no lo vemos como el lugar de todos, de la concertación, la confrontación y la construcción de una sociedad en la que impere la democracia. Autoridades cuáles son sus iniciativas.

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