¿Qué clase de educación necesitamos?

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Escrito por:

Alberto Carvajalino Slaghekke

Alberto Carvajalino Slaghekke

Columna: El Arpa y la Sombra

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Las grandes transformaciones de países que hace cosa de cuarenta años estaban por debajo de las condiciones de desarrollo de Colombia, como Corea, India e Irlanda, por ejemplo, se explican en gran medida en una profunda reforma educativa que fue posible gracias a acuerdos sociales que provocaron el marco y clima propicio para su implementación y desarrollo.

Desde ese entonces a hoy, esos países recorrieron un camino de trabajo y decisión, en el cual en algún momento sus resultados les permitieron brindar a un mayor número de sus habitantes niveles superiores de bienestar.

Países altamente competitivos hoy, como Finlandia (que destina el 3,75% de su Producto Interno Bruto (PIB) a investigación y desarrollo (I/D), Suecia (3,72%), Alemania (2,8%), India, Brasil (1.4%) entre otros, tienen hoy una perspectiva de futuro increíblemente diferente a la de hace treinta años, empujado por un presente vigoroso, de permanente cambio, generado en la producción de pensamiento creativo y ciencia.

Es tan fuerte la dinámica que desataron esas decisiones que durante la crisis financiera internacional estos países no disminuyeron su inversión en investigación y desarrollo, permitiéndoles mantenerse en la frontera del conocimiento. Su actual dinámica de inversión en I/D es consecuencia directa del cambio profundo en el método y objeto de la educación en todos los estamentos educativos en función a una decisión colectiva de futuro.

Colombia por su parte, aspira en el año 2014 poder llegar al 1% de su PIB invertido en I/D, de acuerdo con las declaraciones que el presidente Santos dio en Cartagena en el marco de la cumbre de investigadores y científicos (Faculty Summit 2011), hace dos semanas.

En esa misma línea, Estados Unidos que hoy ve comprometido su liderazgo mundial, concluye que una de las razones fundamentales de su actual condición, es producto de una mercantilización excesiva de su educación, convirtiéndola en un producto de exportación antes que en la variable estratégica de transformación de su propia población.

En efecto, el número de americanos con posibilidad de acceder a la educación superior es cada vez menor por los altos costos de la misma y ello provoca un marcado rezago en materia de competitividad con respecto a las economías mencionadas anteriormente.

La actual generación de americanos es hoy menos educada y prospera que la generación de sus padres, hecho inédito en la historia reciente de ese país. En nuestro caso, pareciese que las bondades de un pueblo instruido no quisieran ser entendidas. Un gobierno que prefiere gastar el dinero de los impuestos en 500 mil ciudadanos pertenecientes a la órbita de las Fuerzas Armadas versus la inversión en 300 mil profesores que hoy intentan educar a los niños y jóvenes de este país, expresa que su democracia se fundamenta en la fuerza y no en el saber y la conciencia libertaria que la educación pertinente otorga a los pueblos.

Un ciudadano instruido pertinentemente no será candidato para alimentar el despropósito de la subversión armada que se escuda en la injusticia social que existe y se hace cada vez más evidente, para mantenerse en el tiempo.

Ello explica por qué hablar de justicia social sin el desarrollo de la educación pertinente no conduce a la excelencia, ya que en nuestras circunstancias esos ejercicios igualan por abajo y nos ha heredado costos muy altos representados en todos aquellos que quedaron a la vera del camino.

Por eso, el precio que hay que pagar por la injusticia social es demasiado alto y absurdo y explica por qué nuestra política y su praxis son mediocres y en su dinámica procrea criaturas de corrupción y populismo iletrado que en su lucha por su espacio vital se enfrentan al conocimiento y el intelecto, tal como Platón y Toc alguna vez lo anunciaron.

Es por tanto de esperarse que en algunas regiones del país se extrañe la presencia de las autodefensas, tal como lo indica una reciente investigación reseñada en los medios de comunicación, reafirmando que es la expresión más alta de lo que se anota en las líneas precedentes.

Ello obliga a generar de manera decidida la estrategia conjunta: Gobierno Local, gremios y universidades en materia de articulación entre academia y sector real para resolver los problemas estructurales del territorio bajo formas y modelos alternativos que permitan trascenderlos.

En ese sentido las actuaciones de varias entidades locales como la Corporación Regional que contrata entidades de otros lares resultan realmente anacrónicas y descontextualizadas. Por tanto, cuando nos preguntamos por el tipo de educación que habría que definir, creo oportuna la pregunta de Steiner cuando plantea

¿Cuál sería la educación esencial adecuada a las necesidades espirituales y prácticas de hombres y mujeres en un planeta multinacional, cada vez más entremezclado? En ello debemos pensar y decidir. Entre mayor sea el tiempo desperdiciado en definir esa clave, más alto será el costo social de colocarnos a la altura de la dignidad humana.

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