Maicao, en su época dorada y su servicio al estado

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Iguarán Iguarán

Jesús Iguarán Iguarán

Columna: Opinión

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Por lo general la américa insular ha sido por costumbre la poseedora del comercio de Maicao.
Sin embargo, en la década de los años setenta se abrió para este pueblo el comercio con el continente, la Zona Libre de Colón, encontró en esta población una fructuosa vitrina comercial, debido a que muchos comerciantes de esta ciudad panameña vivieron en Maicao y conocían con certeza la amplitud del comercio que este pueblo manejaba, de igual manera comerciantes del lejano y medio oriente radicados en Colón no desconocían el potentado del manejo de mercancías que se manipulaba en esta zona peninsular.

Comerciantes hindúes, japoneses, coreanos, chinos y árabes que tenían sus negocios en la Zona de Colón, se acercaban a esta vitrina del caribe a mostrar sus catálogos de mercancías de última moda y los diferentes inventos de la ciencia electrónica. De manera acelerada el nuevo pueblo comercial se dio a conocer en el resto del país.

El fluido del comercio se conoció inicialmente a nivel costeños, campesinos, labriegos, villanos, aldeanos, en fin, el proletariado en general se apiñó en Maicao, como un nido de avispas frente al cerro en cuya cima se levanta el burgo. Los indigentes de toda la nación arrimaron a ella en busca de una vida más social y mejor modo de subsistencia, radicado en el pueblo productivo, consideraban un milagro el trabajo de “galeotes” que este comercio podía proporcionarles.

El mercado gradualmente agitaba su progreso, a medida que crecía la compraventa grupos de artesanos, jornaleros, obreros, lograban trabajar, disimulando así el desempleo nacional.
La inversa proporción del mercado creciente y la simplificación disimulada del desempleo se concentraron en un alto porcentaje en padres cabezas de familias que en busca del sustento de sus hogares se arriesgaban al comercio maicaero.

El fluido de mercancía se hacía notar en el país. Las primas en un alto porcentaje de empleados de la nación se agotaban en este municipio y se marchaban satisfechos y gloriosos cuando en este rincón del país su dinero rendía mucho más que en interior. Y convencidos de la realidad vivida invadían dos veces por año el comercio.
Paralelo a la simulada simplificación del desempleo y lento crecimiento del mercado guajiro, en el subfondo del alma nacional se vivía cierto grado de indisciplina social que se traducía al desconocimiento de las autoridades, desacato al orden jurídico, irrespeto y quebrantamiento de las instituciones democráticas, solidaridad, tolerancia y complacencia ante el crimen. La vida humana se devaluaba tan aceleradamente como la moneda nacional.

Las fuerzas del Estado parecían impotentes ante la ola de criminalidad, se podía afirma que cada persona vivía en intimidad con las extorsiones y secuestros. Cada ciudadano reclamaba ante el Estado la protección suficiente para la vida, honra y sus bienes. La macrodelincuencia, la delincuencia individual, la delincuencia organizada aterrorizaba a país en toda su magnitud. La necesidad de una pronta y eficaz solución exigía la armoniosa participación de una pluralidad de personas idóneas en sus respectivos campos, en el complicado mundo de la criminalidad. Las bandas y agrupaciones se asociaban para delinquir, varias agrupaciones unieron experiencia y habilidades, para ejecutar con mayor eficacia operaciones criminales; la actitud deshumanizada de los subversivos para lograr sus objetivos, que no solamente pasan por lograr perpetrar de manera exitosa en lo ilícito, sino también por asegura su impunidad. A inicio de la primera mitad de la década de los años setenta los grupos subversivos, demostraban cada día ser más invencibles.

El país vivía una época asfixiante y casi invivible, unos pocos ciudadanos huyendo del infortunio, encontraron en el pueblo guajiro, la manera de alejarse de la hecatombe que lo aniquilaba.