Guerra a muerte

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Es posible que el episodio de la vida de Simón Bolívar que más me haya llamado la atención desde siempre sea el del famoso Decreto de Guerra a Muerte, sancionado por él el 15 de junio de 1813, en el Cuartel General de Trujillo, en Venezuela.
Se trata de aquel documento político de fuerza literaria irresistible que el Libertador remató con sentencias dramáticas y espectaculares para tal tiempo de circunspección: “[…] Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables”. Bolívar iba a cumplir apenas treinta años en poco más de un mes.

Este último detalle es el que resalta de entre todo lo demás; es decir, el radicalismo adoptado por el joven caraqueño bajo el entendido de que la guerra no se iba a ganar con amenazas, pues los españoles no se andaban con vueltas a la hora de pasar por las armas a civiles que nada tenían que ver directamente con la rebelión. En otras palabras, es como si hubiera entendido que a una crueldad desmedida convenía oponerle otro tanto con el fin de atemperar los ánimos del enemigo. No era época para demasiados humanitarismos. Bolívar creía en el escarmiento, y por eso ordenó el sacrificio de muchos inocentes peninsulares en nombre de la Guerra a Muerte: mujeres, niños, ancianos, enfermos… Esa es la verdad, por dolorosa que sea. Y por ello, a Simón Bolívar las tropas realistas de Pablo Morillo le temían, o, mejor aún, temían a su leyenda negra no española.

Pues nadie sabía con certeza si el sanguinario guerrillero Bolívar (así aparece todavía en muchos libros de historia españoles) existía ciertamente o no. Tal vez era un invento de los patriotas para asustarlos. No podía haber nadie así. Esa, a no dudar, ha sido la característica que amigos y enemigos han sabido resaltar de Simón Bolívar: su absoluta decisión en nombre de la libertad de estos pueblos. Fue el más radical en una época en que abundaban los radicales. Nada de medianías, es cierto, pero…, para ser el comandante supremo, a Bolívar le tocó “limpiar” un poco el camino.

He estado leyendo acerca del trasfondo del Decreto de Guerra a Muerte y encontré que, en realidad, meses antes de la proclama en mención, Antonio Nicolás Briceño, apodado el Diablo, también patricio y también venezolano, pariente lejano de Bolívar (y con quien se conocía por un asunto de linderos de años atrás en el que casi se matan en lucha cuerpo a cuerpo), había liderado la campaña para “[…] exterminar en Venezuela la raza maldita de los españoles de Europa […]”, a través de la publicación del Convenio de Cartagena. (Colombia, leal, con hombres, armas y dinero, sería después la base de la Campaña Admirable de Simón Bolívar, por la que, enarbolando la bandera cuadrilonga de Cartagena -y de Barranquilla-, se liberó al occidente venezolano y después a Caracas).

Fue Briceño el que sembró la idea de que había que trabajar el terror para vencer a los invasores. No el Libertador. Este se negó inicialmente, y, como superior del Diablo, incluso le dio la orden de suspender los actos de violencia extrema. Briceño dijo aceptar esto, pero después le envió una carta a Bolívar firmada con sangre de españoles fusilados. A raíz de esto los patriotas lo dejaron solo, y así fue capturado por el enemigo que tanto odiaba, al que retó hasta último momento. Terminaron con su vida el 15 de junio de 1813, o sea, el mismo día en que Simón Bolívar dictó el famoso Decreto.