Cultura samaria

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Luis Reyes Escobar

Luis Reyes Escobar

Columna: Opinión

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Cada vez le cojo más gusto a las tertulias que sostengo con mi grupo de amigos. Cualquiera que nos vea interactuando, podría llegar a pensar que estamos peleando y es entendible, porque cada palabra va cargada de mucha pasión y energía.
Lo que no saben, es que a la vuelta de la esquina nos reímos de lo que acabamos de decir y algunas cuantas cosas más. Es más, me atrevo a asegurar, que este derroche de energía es el que nos mantiene unidos y con ganas de volvernos a ver.

Esta charla estuvo bastante dinámica. Comenzamos hablando del panorama político de la ciudad de cara a las alecciones del próximo alcalde, pasamos por el informe Santa Marta cómo vamos y rematamos con la cultura del samario.

Este último tópico fue bastante polémico y nos tomamos el tiempo necesario para discutir sobre la actitud del Samario frente a su ciudad, ya que aparentaba no importarle lo que le pasara a la misma. Algunos de mis amigos aseguraron que muchos de los hábitos y la actitud de este ciudadano frente a la vida, provenían de las bonazas –que yo prefiero llamar desdichas¬– que tuvieron protagonismo en los 80s y 90s.

Esas palabras me robaron el sueño. Me costaba trabajo entender, que yo y otro grupo de samarios, estábamos siendo juzgados por algo que tan solo vimos desde la gradería.

Afortunadamente, el día siguiente comenzó de la mejor manera. Una invitación a limpiar el río Manzanares, fue la encargada de ayudarme a sacar de mi cabeza ese pensamiento que me había atormentado la noche anterior. En el río me encontré con un montón de jóvenes contagiados de la mejor de las actitudes y dispuestos a comprometer su salud, con tal recuperar el cauce de esa fuente hídrica. Estos muchachos, eran la antítesis del perfil del Samario que horas antes habían descrito mis amigos. Pero como siempre les digo, la vida es de contrastes.

Luego de un rato de recolectar basura, fui testigo de cómo los habitantes que tienen su hogares junto al río, arrojan agua contaminada y quien sabe que otras cosas, a la corriente de agua. Esta escena me partió el corazón, pero el asunto empeoró, cuando uno de los vecinos me contaba – con la alegría que genera un lindo recuerdo, mas no con la nostalgia que genera la perdida de algo querido – como había disfrutado en su niñez, las bellezas del río que hoy considerábamos una alcantarilla más.

La experiencia en el río me ha generado dos nuevos juicios. El primero, está relacionado con que definitivamente si hay personas en Santa Marta, que no hacen el más mínimo esfuerzo por aportarle algo a la ciudad, por el contrario, son unos parásitos que están dispuestos a tomar todo de ella, sin importar cuales sean las consecuencias. El segundo, es que no todos somos así y existe una grupo cada vez más grande y una generación pujante que se ha desprendido de toda concepción individualista, para pensar en el bienestar común. No sé cuándo le daremos a la ciudad una vuelta de 180 grados, pero lo que si me atrevo a decir, es que el timón de este barco ya dio un giro de unos cuantos grados.