Orinar o ser orinado, ese es el dilema

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

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Una imagen vale más que mil palabras, así que utilizaré imágenes del fantástico mundo animal para ilustrar el punto. Gran parte del trabajo de los machos alfas es marcar territorio para protegerse y proteger a los suyos. Muchas especies marcan territorio orinando; algo así como que el que orina primero, orina dos veces.

Los humanos que supuestamente hemos evolucionado y ya dejamos de lado lo de la orinada, aunque no todos porque entre el afán que no da espera y la vulgaridad rampante, cosas se ven.
El hecho es que para poder liderar con efectividad, el macho alfa tiene que marcar territorio y estar dispuesto a defenderlo hasta las últimas consecuencias. Asimismo, los líderes de las organizaciones humanas tienen que hacer lo propio o correr el riesgo de un fatídico final.

El presidente de la Republica, macho alfa del país, elegido en trifulca electorera, no es la excepción. Los famosos cien días de luna de miel de los cuales la gente tanto habla, realmente son el plazo de gracia que tienen los presidentes para dar rienda suelta a su incontinencia urinaria.

Ya van casi treinta días de los cien, y Duque - uno de los presidentes más jóvenes- muestra síntomas de problemas prostáticos, y como se está demorando, los perros viejos de la perrera –mañosos que son-, le van a hacer el examen proctológico; y si se descuida, aprovechan y se lo mean a él también.

Mientras Duque anda repartiendo gestos de solidaridad en cuanta tragedia hay en el país y llenándonos de actos simbólicos, sus opositores están muy ocupados en arrinconarlo. Lo colocaron contra las cuerdas con la insulsa Consulta Anticorrupción, y no contentos con eso, ahora quieren dictarle la agenda legislativa y definir prioridades. Uno de los ex-candidatos anda ocupado presentando proyectos de ley sobre lo divino y lo humano. Quiere legislar y ser presidente sin ostentar ninguno de los dos cargos. Mejor dicho, los perdedores tienen todas las intenciones de gobernar a control remoto y desde sus madrigueras.

El talante conciliador, a pesar de sus buenas intenciones, puede costarle a Duque la gobernabilidad. El pacto contra la corrupción es un acuerdo que parece importante sobre nada que valga la pena. En países como Colombia está demostrado que los líderes fuertes –strongmen- son mucho más exitosos a la hora de gobernar que los conciliadores. Duque debe acelerar la curva de aprendizaje. Antes de andar del timbo al tambo repartiendo abrazos, tiene que repartir unas cuantas patadas en Bogotá y demostrar quién es el jefe. Por el momento debe delegar el manejo de las crisis a sus colaboradores, ya que para eso los nombró. Esto la sabía hasta el Centurión que le dijo a Jesucristo que para que el milagro se diera, no era necesario ir hasta la casa. La imagen favorable de Duque erigida sobre gestos y símbolos se cae al primer chaparrón. La gente quiere hechos y resultados, y si algo tenemos los colombianos, es que somos impacientes y para mañana es tarde.

Hay la sensación de que Duque todavía no se la cree. Los ministros parecen habitar en la dimensión desconocida. A algunos todavía no se les conoce la voz, y a los que se las conocemos, quisiéramos no habérselas conocido. Hasta ahora da la impresión de que el papa de los pollitos es Carrasquilla. En comparación, Duque se ve demasiado tímido y dubitativo en el ejercicio del poder.
Duque tiene que pellizcarse rápidamente. Ya no está en Washington en medio de burócratas inservibles y excesivamente remunerados que viven echando globos en el mundo del PowerPoint y escribiendo y produciendo cuentos de hadas para consumo masivo. Ahora, esta, o quiere estar, al frente de un país que tiene las siete plagas de Egipto y otras más, y que se debate entre fumarse la hierba, aspirarse el polvo o fumigar con glifosato a los cultivos y a la gente. Un país cuyas injusticias son tan escandalosas que mientras niños mueren de hambre, los bandidos engordan a punto de obesidad mórbida con la plata que roban a los que mueren de hambre. En fin, un país donde todo es posible, y en donde la única ley que se cumple a rajatabla es la del silencio cómplice.

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