Las lecciones de la historia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

José Lafaurie Rivera

José Lafaurie Rivera

Columnista Invitado

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No hay duda. La izquierda colombiana, desde antes, inclusive, de que Iván Duque pueda sentarse en el solio presidencial, no solo le apuesta al fracaso de su gobierno, sino que lo promueve abiertamente, para encaramarse en una insatisfacción ciudadana provocada, alimentada a diario con propaganda falsa –los comunistas rusos fueron expertos en esta materia–, con la mentira mediática y hasta con la manipulación de la justicia.

¿La meta? Iniciar desde ya la campaña, o mejor, la combinación de las fuerzas de lucha para llegar al poder en 2022 y, por fin, cumplir el sueño del estado comunista que no pudieron construir con sus aliados en armas; el Estado popular a imagen y semejanza del “exitoso” Socialismo Bolivariano del Siglo XXI.

Esa izquierda recalcitrante, con el apoyo de sus periodistas oficiosos, denunciantes de la polarización que hoy promueven sin asomo de vergüenza, no resiste el triunfo incuestionable de Iván Duque y, sobre todo, su discurso integrador y optimista, para pasar la página de extrema polarización y unir al país, en medio de sus naturales desacuerdos, en torno a la construcción de un futuro consensuado y posible. La unión y el futuro no son lo suyo, lo suyo son el discurso incendiario, la lucha de clases y la incitación a la violencia.

La historia es pródiga en lecciones de cómo los enemigos de la democracia y las libertades se atraviesan al advenimiento de líderes que, como Duque, impulsan transformaciones de fondo para buscar resultados diferentes, pero siempre dentro de un Estado de Derecho.

En 1911, Francisco Madero en México prometía ser el camino hacia la democracia después de tres décadas de “porfiriato”. Aunque presionó por las armas la renuncia de Porfirio Díaz, llegó al poder por las urnas e inició un gobierno democrático de profundas transformaciones sociales. Pero el populismo tenía otros afanes y alebrestó al campesinado que quería sangre, expropiación y tierras. En febrero de 1913, Madero fue asesinado y el país se incendió en una guerra que cobró la vida de más de un millón de mexicanos.

En 1917, la revolución rusa de febrero logró la abdicación de Nicolás II y, bajo el liderazgo de Kerenski, buscaba la unión para iniciar una ruta de cambio después de siglos de zarismo autocrático. Pero esos ideales de socialismo en democracia fueron arrasados por la Revolución de Octubre, la famosa, la bolchevique, la de lucha de clases, asesinato de los zares, persecución política, conculcación de libertades y concentración del poder en una especie de nuevo zar corporativo, el Soviet Supremo, el Partido Comunista.

Iván Duque tiene vocación y aptitudes para ser el factor de cambio que permita recuperar la legalidad, echar a andar la economía con el dinamismo que requiere y buscar el fin último de la equidad. El pueblo acompaña su invitación a superar los odios y construir entre todos el futuro; pero la izquierda, sin embargo, tratará de impedírselo a toda costa, y el burdo montaje para llevar a Álvaro Uribe ante los estrados judiciales –y a la cárcel, como ya no se preocupan en ocultar–, hace parte de esa estrategia para humillar al expresidente, deslegitimar al Centro Democrático y fracturar la gobernabilidad del gobierno Duque.

Con lo que no cuentan es con la determinación de unas mayorías claras, que se mostraron en el plebiscito y fueron contundentes en las elecciones. Nuestro principal activo político es Iván Duque y vamos a defenderlo, sin tropelías ni montajes; desde la democracia, la opinión libre y la protesta pacífica, si es necesario. Si llenamos las urnas, también nosotros podemos llenar las calles.

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