Entre experimentos científicos y tratamientos médicos

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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A uno de los más monstruosos personajes de la Segunda Guerra Mundial. Josef Mengele, “el ángel de la muerte”, se le conoce por sus macabros experimentos con los prisioneros de los campos de concentración. Desde su tesis universitaria hasta sus atrocidades en Auschwitz, este desquiciado individuo trabajó en el tema de la genética, alucinado con la “higiene racial” y la “supremacía aria”. Su obsesión fueron los gemelos, en quienes realizó experimentos nauseabundos.


Sus crueles investigaciones obligaron, como secuela del histórico Juicio de Núremberg, a poner coto a los despiadados experimentos con humanos. Desde entonces, se propende humanizar la investigación científica. La declaración de Helsinki, expedida por la Asociación Médica Mundial en 1964, es la pieza ética fundamental que trazó las líneas rojas, a la que se suma la Declaración de Taipei, que contiene las consideraciones éticas sobre las bases de datos de salud y los biobancos. Todo esto se condensa en la bioética, que a su vez se remota a los Códigos de Malinas y que, en las versiones modernas, toma como referente al Código de Núremberg. Pero no fue solamente Mengele el autor de atrocidades con seres humanos, y siquiera fue exclusividad de los nazis. Los aliados, particularmente los Estados Unidos, pusieron su cuota de crueldad durante la guerra. Aun hoy se encuentran casos igual de asquerosos.

Las guerras han hecho aportes valiosos que aun hoy son bases fundamentales para los tratamientos modernos. Por ejemplo, la malaria ha azotado a los combatientes en las zonas tropicales. La primaquina emerge de un experimento realizado en el centro penitenciario de Stateville (Illinois); unos presos que fueron infectados por mosquitos transmisores del mal. Florence Nightingale, “la dama de la lámpara”, al asear el hospital militar británico en Scutari (Turquía) y proveer agua potable redujo sustancialmente el contagio microbiano a los heridos, previniendo muchas muertes. Estudios posteriores con las cifras de Nightingale demostraron que 16.000 de 18.000 muertes de los heridos en combates no eran causadas por el trauma de guerra sino por las infecciones. En la Primera Guerra, se llevó el hospital a los campos de batalla. La amputación de miembros destrozados salvó muchas vidas. Marie Curie llevó equipos de rayos X portátiles al frente de combate. Las transfusiones de sangre, el tratamiento de fracturas y quemaduras, los apósitos hemostáticos, las reconstrucciones faciales y el manejo psiquiátrico para los soldados heridos son asuntos comunes en la actualidad.

Tal vez, las circunstancias de las pretéritas épocas permitieron experimentar en humanos sin más restricciones que la moral individual. Hoy, las pruebas en humanos son posteriores a las que se realizan en animales seleccionados; tienen reglas claras y deben ser consentidas por autoridades sanitarias, comités de ética y el mismo sujeto de experimentación, con protocolos muy claros y un sinfín de requisitos, incluyendo pagos y seguros. No obstante, algunos aventureros soslayan estos filtros y controles para salir con mayúsculas estupideces; hasta tiene el coraje de presentarlas como “estudios pioneros”.

Hace muchos años se descubrieron casualmente las propiedades del sildenafilo para tratar la disfunción eréctil en un estudio que se desarrollaba en Nueva Zelanda para pacientes cardíacos; siendo un potente vasodilatador, el principio activo fue usado en un estudio realizado en la Universidad de Ámsterdam para incrementar el flujo sanguíneo en la placenta de 93 mujeres embarazadas, buscando recuperar el peso que aún no alcanzaban los fetos. Después del parto, 17 bebés desarrollaron problemas pulmonares, 11 de ellos han muerto, 8 más fallecieron de condiciones no determinadas, y otros 15 están en observación: toda una tragedia El fundamento científico del estudio es adecuado; el propósito, noble; el diseño del estudio, proyectado para 350 mujeres, parece correcto y sobrepasó todos los filtros previos. Nade quiere hacer daño, naturalmente. Las preguntas son, al menos: ¿Conocemos a profundidad los efectos positivos y negativos de los medicamentos en estudio? ¿Hay suficientes experimentaciones previas antes de proponer estudios en humanos? ¿Cada estudio en animales es perfectamente reproducible en nuestra especie? Quedan muchos cuestionamientos y reflexiones para los investigadores y para quienes controlan los estudios. De otra parte, muchos beneficios científicos son maravillosos y ha generado bienestar y calidad de vida. La vida sigue, la investigación debe avanzar, pero la autocrítica científica y los controles previos deben ser aún más exigentes de lo que son ahora. Mucho se ha logrado desde Núremberg.

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