Entre el populismo y la tecnocracia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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La inmigración es apenas uno de los detonantes de la crisis que afecta a Europa y pone a prueba la solidez de instituciones que ya han recibido un duro golpe con el triunfo, y el peligro de contagio, del Brexit.

Tanto de oriente como de occidente soplan vientos en contra de la unidad de Europa.  A la seguridad de Rusia no le conviene la expansión de la Unión Europea hacia su frontera, sin los amortiguadores de los que anteriormente disponía. Aunque guarden estudiada prudencia, los rusos dedican grandes esfuerzos a fortalecer su legendaria capacidad tecnológica, al servicio de sus intereses estratégicos y de la dinámica de su progreso militar. Jamás aceptarán la andanada que para ellos significó la vinculación de Chequia, Polonia, Bulgaria, Croacia, Rumania, Lituania, Letonia, Estonia, Eslovenia, Hungría y Eslovaquia, a la Europa occidental.

Sobre la base de esa premisa, su política exterior toma de cuando en vez visos de Guerra Fría.

El tratamiento que la actual administración de los Estados Unidos les ha dado a sus amigos europeos deja mucho que desear. La guerra comercial desatada contra ellos, y el desprecio por el valor de la Alianza Atlántica, obligan a la desconfianza e impulsan a los europeos a mirar en otras direcciones.  Es como si alguien con ánimo de gamonal, más que de presidente, tuviera interés en hacer volar en pedazos el ya precario orden mundial, conforme a la lógica de negocios elementales, pero en medio de un alto grado de ignorancia sobre las responsabilidades que conlleva el ejercicio del poder desde la Casa Blanca.

Obligados a reaccionar, y en particular a tomar medidas humanitarias, ante una avalancha migratoria de la cual ningún país, de aquellos a los que les concierne, reconoce responsabilidad histórica alguna, los gobernantes europeos hacen lo mejor que pueden para obrar conforme a los principios de su civilización actual, pero no aguantan el reclamo de grupos sociales que no pueden aceptar ese tipo de invasión extranjera. Es como si el pasado de explotación y abuso colonial, ni la ostentosa desigualdad contemporánea, hubieran existido.  En otros casos la política es abiertamente opuesta a recibir inmigrantes, que en todo caso afectan el proyecto político y social de cada quién.

Ese es el escenario en el que irrumpe, rampante, una oleada de populismo que comienza por la derecha pero lleva el peligro de contagio que afecta a otros partidos y que, sea cual fuere la fuente, infecta el ambiente y sube los ánimos nacionalistas y discriminatorios que por naturaleza van en contra del proyecto europeo.  La amenaza surgida de la agitación de procesos políticos internos, que afectan de manera grave la armonía del espacio comunitario, comenzó con el Brexit. Después vinieron la creciente del Frente Nacional en Francia, el avance de la extrema derecha alemana, y hasta la película inverosímil del nuevo gobierno italiano. Para no mencionar el radicalismo de los gobiernos de Polonia, Austria y Hungría.

No es mucho lo que los partidos políticos tradicionales hayan podido hacer para maniobrar, más allá de su reiterado interés en el mejor manejo posible de la economía. Ese más allá que tiene que ver con el ánimo de la gente, susceptible al discurso de las soluciones mágicas, propuestas por unos aparentes inspirados que plantean soluciones aparentemente tan fáciles y lógicas a los problemas que, en medio de la desesperación de quienes se sienten incomprendidos, animan el espíritu de la aventura de meterse en la lotería de las soluciones mágicas.

Tanto la derecha como la izquierda “clásicas” europeas andan en crisis. El Partido Socialista Francés, después de tener el poder solo obtuvo el seis por ciento de los votos. El español no pudo ganar en las reiteradas elecciones que dejaron a la derecha en el gobierno hasta que se cayó por moción de censura, única forma de retorno del PSOE al poder, a la cabeza de una alianza precaria.  Por la derecha, También los republicanos franceses quedaron por fuera de la segunda vuelta en la misma reciente elección presidencial. La derecha alemana tuvo que volver a pactar con sus contradictores, lo mismo que la británica. Y la italiana quedó desbordada por movimientos radicales ruidosos y poco eficientes.

A este paso, la ciudadanía europea, a partir de la de cada país individualmente considerado, no solamente debe hacer el esfuerzo de liberarse de la arremetida del populismo, sino superar la ineficacia de los partidos y exigir realismo y sensibilidad social de parte de los tecnócratas. Debe tener claro que está obligada primero que todo a sobrevivir, y luego a buscar las salidas de un laberinto que poco a poco se va tejiendo para poner en peligro el experimento comunitario. Claro que estos son propósitos políticos, pues no otra naturaleza debe tener la tarea de defender, en las urnas, con la acción exterior concertada y con un compromiso verdadero, el valioso proyecto de la Unión Europea, que ha sido hasta ahora tan útil para mantener la paz y buscar el progreso del continente más violento de la historia.

        

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