Reina de agua dulce

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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Del 24 al 29 de julio próximo se llevará a cabo en la ciudad de Santa Marta la Fiesta del Mar. Exactamente la 58ª versión. Como para mirar qué tanto avanzamos o retrocedimos en largos cincuenta y ocho años de celebraciones interrumpidas.
Que yo recuerde, cuando apenas comenzaron, el escenario natural era el majestuoso Mar Caribe, en el área marítima comprendida entre Punta de Betín y el malecón del hospital San Juan de Dios con el Morro al fondo, como broche de cierre de la bahía más bella de América.

Pocos años más tarde, se incluyeron las playas de El Rodadero para la realización de algunas actividades deportivas, pero el epicentro de la acción festiva seguía siendo el camellón, tradicional y emblemático punto de reunión y encuentro de samarios natos y visitantes. “Santa Marta no tiene una fiesta propia… el Carnaval ha ido perdiendo fuerza y, para que el turismo adquiera personalidad y se desarrolle como opción de negocios, se requiere resaltar los atractivos turísticos que tenemos: sol, playa y mar”, argumentaron Pepe Alzamora y el Capitán Ospina Navia, que la pensaron como estrategia para promover además el deporte náutico, que ellos practicaban.

Concebidas de este modo, los samarios que vivíamos en los suburbios decíamos “vamos a las fiestas del mar”, refiriéndonos al hecho de que era allá, a la orilla del mar, donde se derrochaba euforia y alegría en ventorrillos y casetas, con la venta de fritos y chuzos que todavía no eran comida rápida, las “auténticas” butifarras soledeñas con bollo de yuca, las sopas de cabeza de jurel, el arroz de liza y de bonito, la costeñita y el ron caña, las papas fritas en bolsas de papel, con orquestas y conjuntos vallenatos por doquier, asomándose también en la inmensidad del mar los nadadores, buzos, pescadores, remeros, esquiadores y lancheros que se disputaban una copa plateada.

Posiblemente no eran tan auténticas como las butifarras soledeñas las fiestas, porque no salieron de las entrañas nuestras, de nuestra necesidad de comunicar y de comunicarnos a través de nuestra identidad cultural, de nuestra razón de ser como caribes. No, pero cumplían con el fin de preservar la conexión de los samarios con el mar que los vio nacer. De mirarlo, admirarlo, extasiarse en él y descubrir en sus profundidades cómo ese recurso valioso podría ayudarnos a mejorar la existencia, habiendo sido claro, más generosos con él, menos agresivos, más creativos y emprendedores, menos apáticos e insensibles.

No supimos hacerlo, no dimos para calmar en él nuestras ansias de bienestar y en consecuencia, le volteamos la espalda. Las autoridades públicas contribuyeron con su destrucción, no lo protegieron, fueron cómplices con quienes quisieron ensanchar sus ambiciones privadas, explotando para sí sus espacios y riquezas, contaminándolo hasta arrebatarle la vida, así como desapareció la playa en la bahía del centro. Solo quedan los atardeceres, el ocaso de mil colores y el viento fresco que nos trae el aroma de las sales y los iodos que aún quedan al mar.

Esta vez, la secretaria distrital de cultura, Doctora Diana Viveros, nos anuncia que las fiestas tendrán un “toque de agua dulce, porque las competencias de natación de las candidatas que se disputarán el Quepis Nacional se harán en piscina para mayor comodidad y facilidad de las aspirantes del interior que no cuentan con mar en sus territorios…”. Ni ella misma se lo cree. Es que ya no existe escenario natural y no hay condiciones físicas ni ambientales ni sanitarias donde podamos denunciar ruidosamente el hecho, coronando a la primera reina de agua dulce.
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