La ética de Felicito

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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Un titular de primera página en El Informador llamó poderosamente mi atención: “Unimagdalena hará entrevistas a los aspirantes de pregrado”.

Esto, ante los acontecimientos suscitados como requisito adicional para frenar la suplantación de identidades en los exámenes de admisión, liderada por una red mafiosa dedicada a la venta de cupos, a la que pertenecían talentosos estudiantes de las universidades del Norte de Barranquilla,  Andes y Externado de Bogotá, incluso algunos becados por el programa “ser pilos paga” del Ministerio de Educación Nacional.

Aparte de las dieciocho capturas y los paliativos de control no se ve una reacción de fondo producto de una revisión exhaustiva del sistema educativo colombiano, que cobije párvulos y todos los niveles de educación media y superior. La crisis por la que atraviesan la formación escolar y universitaria lo demanda. La ministra guardó prudente silencio y sólo prometió, tal vez para no pasar completamente de agache, retirar los subsidios a los personajes implicados en semejante fraude, como si dejándoles de girar a las universidades que les venden sus servicios académicos les borrará a los defraudadores los malos hábitos grabados en sus permisivas conciencias.

El hecho por si solo debería llamarnos a la reflexión y al orden. Pero no. Tiene todas las trazas de pasar desapercibido, aunque lo que esté en juego sea la pudrición de la materia prima con la que aspiramos construir una sociedad democrática, limpia y justa a partir del “hombre ético” del que le habló Castro Pozo a Felicito Yanaqué en la novela El Héroe discreto de Mario Vargas Llosa. “Ético hasta las uñas de los pies”.

Las personas pueden ser morales -asegura Adela Cortina en sus tratados sobre la  ética- con tal de tener una buena influencia familiar. Pero que, en sociedades pluralistas y complejas como la nuestra, las fuentes morales de inspiración para niños y jóvenes son definitivamente las familias, los amigos, las escuelas, las redes, los medios de comunicación y, como es evidente, nada asegura que todas las familias ni los amigos enseñen lo mejor moralmente, ni tampoco los demás agentes sociales lo hagan. Los padres de los aspirantes pagaron de su propio bolsillo el costo de la suplantación con tal de obtener un cupo para sus hijos y, los jóvenes talentosos accedieron, tal vez pensando en el favor que por unos pesos le hacen a un pobre mediocre que no da bolas para contestar un examen.

Cuanto no daríamos por una buena noticia en la que se nos informe que se descubrió tal o cual caso de corrupción y que la justicia actuó e impuso penas ejemplares para que nos demos cuenta que de algo sirve el imperio de la ley, para que las personas que se corrompen sepan que no hay impunidad, porque no somos un régimen autoritario ni totalitario en el que la corrupción no sale a la luz, sino un país democrático, de paz, de bienestar y de progreso en el que los jueces toman medidas y castigan.     

Falta una materia con el nombre de Ética nuestra educación formal, que nos ayude a reflexionar sobre los principios y contenidos éticos a los que no podemos renunciar. La cuestión no es menor. Y se extiende a la mayoría de planes de estudio de las carreras, en las que se prepara a los alumnos para ser profesionales. En pocas figuran asignaturas que abran un espacio para aprender, reflexionar y debatir sobre la ética de la profesión, para que no tengamos que seguir cargando el lastre de la corrupción que agencian profesionales de diversas disciplinas egresados de nuestras universidades.

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