El despido de los guiñoles

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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La interpretación de la vida política, y la crítica de sus hechos y sus actores, cambian de manera vertiginosa, animados por elementos hasta ahora insospechados de renovación. Así, estamos inmersos en un proceso que no se sabe a dónde nos va a llevar, ni qué consecuencias pueda traer para el futuro de la democracia.

Hace tres décadas irrumpió en la televisión francesa “Les guignols de l’info”, un programa protagonizado por marionetas de látex que representaban a las principales figuras políticas del país con pasmosa fidelidad, no solo en su fisonomía sino en las líneas de sus actitudes y su pensamiento. Para muchos ciudadanos resultaba más grato, más concreto y mucho más ameno escuchar las reflexiones y apreciar las reacciones de los muñecos, que las de los actores de la disputa por el poder en la vida real. Se dice que el mamarracho que representaba a Jacques Chirac pudo haber llegado a ser la figura política más popular del país.

Con diversa fortuna aparecieron marionetas similares en otras partes. Era una especie de personificación sintética y amable, que parecía mostrar sin pasiones las fortalezas y debilidades de cada quién. Y tenía que ser así, pues los seguidores del programa pertenecían a una u otra formación política, o no militaban en ningún partido, como también podían abominar la comedia real de la vida pública, por lo cual preferían reírse de su representación por parte de figuras de caucho.

Una noticia del 4 de junio informa que el programa de los guiñoles dejará de salir al aire en el otoño de 2018. La razón para que desaparezca es muy sencilla y parece fundada en una evidencia incontrovertible: a la gente ya no le llama la atención. Pasaron el encanto y el entusiasmo. De pronto la novedad se convirtió en anacronismo. Ya ni las figuras, ni lo que dicen, atraen el interés del público. Y esto no sucede porque se hayan arreglado los problemas de todo el mundo, sino porque las cosas han cambiado tanto, que ese medio de comunicación política cumplió su etapa de utilidad. 

Todo esto se viene a sumar al desprestigio de la clase política, cuyas figuras emblemáticas no cautivan. Por el contrario, producen desconfianza no solamente por sus consabidas mañas, sino por su comprobada incapacidad, después de tantos turnos de unos y otros, para producir de verdad una aproximación aceptable al resultado del bienestar general.

Ante el aparente fracaso de las fórmulas radicales, que polarizaban a la sociedad, a unos cuántos políticos les dio por refugiarse en el pragmatismo del centro, y contribuyeron a desdibujar las caracterizaciones de otras épocas. Unos llegaron allí cuando advirtieron que la desigualdad social había desautorizado a la derecha radical. Otros cuando, después de defender alternativas típicas de izquierda, encontraron conveniente contemporizar con la economía neoliberal.

En ese mundo sin formas claras, muchos ciudadanos quedaron sumidos en la confusión. Frente a ellos aparecieron, a la hora de decidir en las jornadas electorales, diferentes menús que, como nunca antes, presentan platos parecidos e inclusive en algunos casos con ingredientes negociables, a gusto del “consumidor”. Entre tanto, con pequeñas variaciones, los problemas de siempre siguen sin resolver.

Una de las consecuencias más importantes de esta situación es que el escenario desteñido del centro ha resultado ser muy propicio para la irrupción de la demagogia y el populismo. Así lo ha demostrado en Francia, por ejemplo, el fortalecimiento del Frente Nacional.

Las redes sociales han entrado a formar parte del conjunto de viaductos del ejercicio de la libertad. A través de ellas, los ciudadanos, con mayor o menor formación, y las organizaciones políticas, dialogan, proponen y también atacan y buscan la destrucción de adversarios, haciendo uso de los canales aparentemente invisibles. En muchos casos lo hacen bajo la ilusión perversa del anonimato, que facilita trincheras desde las cuales se libra una confrontación que puede llevar tanto veneno como esperanza. Frente a ese torrente, los guiñoles son cosa de un pasado parsimonioso en el que había pocos protagonistas de la comunicación y un público inerme, embobado con sus disertaciones.

El despido de los guiñoles, por cuenta de la voluntad popular, sin que haya mediado campaña alguna, es el símbolo de la transición a nuevas formas de expresión, de acción y de control, en materia política. También manifestación clara del deseo popular de que se renueven no solamente las caras sino, de fondo, las figuras y el discurso que por largo trecho plantearon diferentes interpretaciones de la sociedad y del poder, con la pretensión de convertirse en discurso dominante y creencia popular.

Al ritmo de ese cambio vertiginoso de las formas de expresión política, marchamos todos hacia nuevas posibilidades de manifestación de la voluntad democrática y de la representación popular en los organismos del poder. También nos esperan nuevas posibilidades de control sobre los elegidos, para que no resulten después dedicados a lo que no se les encargó. Está por verse la forma como desde la institucionalidad se establecen marcos de acción para que, por el conducto de las redes sociales, una ciudadanía avisada pueda manifestarse válidamente en muchas más ocasiones que las de las jornadas electorales.

Frente a esas nuevas formas de acción, no se debe perder de vista la meta de solucionar los problemas reales de la gente. Sea como sea, con otras caras y ojalá con otros argumentos, hay un espacio para el avance del espíritu reformista. Un espíritu que permita el fortalecimiento de la capacidad ciudadana para hacer política bien hecha, con un protagonismo responsable que, gracias a la nueva tecnología, represente un verdadero avance democrático.

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