Acosado por el acoso

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Walter Pimienta Jiménez

Walter Pimienta Jiménez

Columna: Vainas mías

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Después  del  papá, la   segunda prenda  doméstica a respetar antes  en  la  familias  era  la  correa de cuero, de cara y  colmillo metálicos y  que  tenía la  propiedad de dormir ceñida en la  cintura de él  hasta que  a uno le  levantaran  su  expediente porque, seguro,   hizo  “algo  malo”…

Cuando el  hombre  se dio  cuenta que  debía  llevar  bien puesto los  pantalones en su  casa porque si no se le  caían y  le  faltaban al respeto, con la  tira larga de la piel de algunos  animales, curtida previamente   la  misma, y  como  de  unos  cuatro  dedos  de ancho,  inventó lo que  más tarde se emplearía  en el  mundo para  que las rebeldes  generaciones  se  corrigieran: la  corre.

…Todo indica  que no  había  correas en  tiempos  de  Adán  y  Eva ni en los  de  Caín y  Abel y  miren en la   Biblia  todo lo  que  pasó…

Para  mí, la  correa siempre  ha  tenido,  tiene y  tendrá  lugar  fijo en la  cintura de los  pantalones de los padres-padres; pero también posee sitio  simbólico en la  voz  de  mando y  orden de quien, sin abusar de ella y ni siquiera  tener que  mostrarla, habla en el  castigo de   una callada mirada… y  entonces  ésta se  queda allí,  en su  espacio natural  como  “culebra  toreada”   haciendo   de  lo  suyo  cual  lujosa o  barata   prenda  de  gente elegante o  humilde,  pero asimismo provechosa  y  fructífera para  lo  otro  si  fuere justo y   necesario…

Tengo vivos  en la añoranza  y  en la  nostalgia,  algunos  correazos que  mi  papá merecidamente me diera en la certeza  y  la  convicción de  que lloró  más  que  yo, después  del  castigo  dado, pues  al  día  siguiente, bien  temprano,  algo  arrepentido, fue  a preguntar  al padre  Hernández, el  cura  del  pueblo,  si  lo  que  hizo  fue  pecado  de hombre…

Desde  aquellos tiempos entonces, siempre he estimado  y aceptado que el  crecimiento moral, respetuoso, ético, honesto, decoroso, honrado, decente, íntegro, recto y  puro de  las  familias y  los pueblos de antes, se dio gracias al  uso correctivo, reformatorio y  de escarmiento  de   “la saludable y  beneficiosa correa”…y así, niños y  niñas; jóvenes y  jovencitas y  hasta  adultos que  la  sintieron cimbrearse sobre  sus  piernas, salieron  del  pecado a secas curando  cardenales o  moratones con árnica, “ron compuesto”  o  agua  de sal…

Hubo  junto conmigo,  sin dudas,  quienes probáramos la correa de  cuero  del  papá en  la  maravilla y  el portento efectivo de un “no lo  vuelvo  hacer”, todo  en  la  donosura, el prodigio  y  el  asombro sencillo de  un  acto “mágico y  de  fascinación” que, con  sólo  verlo con ella en manos, como  por  arte de benéfico  encantamiento,   corregía, enmendaba, subsanaba,  reformaba, rehacía, modificaba, retocaba, reparaba y  perfeccionaba  conductas con el  castigo de  la amonestación, la  represión  y  la  censura  en el  má  liviano  de  los  casos,  o  en el  del represivo e inapelable “…y  no  me sales más a la  calle, pa’ que  respetes”… voz  que restituía  en  los padres el  papel  de  jefes capaces de sacarse  el  corazón con  cada paliza al  hijo  infringida…y  era  lo  más  conmovedor, después,   verlos  tristes,  creyendo  de  nosotros la  promesa renovada firmada en el  cielo hasta la  tarde en  que, de niños, en el  disfrute sin permiso de la frescas lluvias de octubre, nuevamente  la  correa de  mi  papá, por  él,  se me  exhibía y,  corriendo a  mi  casa, no  se  me  dejaba  ver el  colorido ceremonial del  arco  iris, invento  de luz y agua que,  por  culpa  de  la más  antigua   tira  de  cuero que los  padres-padres  de antes se ceñían a la cintura  para  que  no  se les  cayeran   los  pantalones y  no  se  les  faltara  al  respeto,  en mi  infancia,  siempre  me  fue  imposible  de  imaginar…

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