El Libertador tiene su historia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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En 1932, durante el gobierno de Enrique Olaya Herrera se fundó el Banco Central Hipotecario (BCH) con el fin de incentivar el sector de la construcción a través del crédito hipotecario y, en 1939, bajo el mandato de Eduardo Santos, se creó el instituto de Crédito Territorial (ICT) como la entidad que se encargaría de construir y otorgar crédito para la compra de vivienda con subsidio a una moderada tasa de interés sobre su valor, configurándose de esta manera, los primeros mecanismos institucionales de la política de vivienda en Colombia.

Durante la década del 40, el ICT lideró la construcción de vivienda “popular” en las principales ciudades del país. Los barrios “Modelo” irrumpieron como alternativa habitacional de primer orden, orientado más a satisfacer la necesidad de techo de las familias de clase media, con ingresos entre dos, tres y hasta cuatro salarios mínimos legales vigentes. Estaban localizadas en zonas privilegiadas de expansión urbana, dotadas parcialmente de servicios públicos y una vía de acceso que los conectaban con el Centro. En Santa Marta se construyeron en los años posteriores al auge inicial los barrios Territorial, Libertador y 13 de Junio, antes  que Belisario Betancur le entrara la ventolera de dar “casas sin cuota inicial”.   

Vale la pena, tomando como ejemplo la experiencia de “La vuelta a la manzana” -una memoria literaria de la ciudad de Cali, escrita por personas que se destacaron en el amplio y muy diverso mundo de la cultura-, reconstruir la historia de nuestros tradicionales barrios samarios a partir de las vivencias de las personas que se le midan a escribirlas recorriendo palmo a palmo calles, sitios de concurrencia, paisajes, relaciones sociales, anécdotas y personajes que se destacaron por su singularidad y se convirtieron en héroes de la barriada, teniendo en cuenta que todas estas manifestaciones son las que consolidan el concepto de ciudad.

Para quienes tuvimos la fortuna de ser los primeros pobladores de El Libertador, sabemos del peso que tuvo el haber compartido nuestra infancia y adolescencia con las cuarenta y seis familias que lo habitaban. Era un barrio lejano. El vecindario más cercano era un asentamiento de invasión al que bautizamos “El Avispero” y los Correa, los Bermúdez Cañizares y los Bermúdez Barros, los Marín, los Aguilera, los Valencia, los Rodríguez y más arriba los Katime sobre la Avenida de El Libertador. Lo demás era monte espeso y escarpados cerros en donde nacieron y crecieron más tarde El Jardín y el 7 de Agosto.

Vivíamos atrapados en sus cuatro paredes, cohesionados y felices. Éramos una sola familia en una casa de 46 habitaciones. Nos hermanamos para contrarrestar la invasión de lobos polleros, zorros chuchos, mapuritos y serpientes mapaná rabo seco. Desarrollamos capas callosas para pisar el abrojo y aprendimos a respirar el olor de la bija de tanto espantar zancudos. El encalichado de las calles era pantano en invierno y nube de polvo en diciembre cuando se desaforaba “la loca”. 

Aprendimos divirtiéndonos a sortear todo tipo de dificultades. Pero, el ingenio y la creatividad nos permitieron sobrevivir en medio de la manigua que era vivir en este lugar: llegamos a tener laboratorio de química portátil para la fabricación de pólvora navideña, cine mudo con proyectores apañados con cajas de cartón y tiras de papel de calcar dibujadas a mano, anfiteatros móviles para autopsias a animales salvajes y trampas hechizas para cazar conejos y torcazas. La ciudad nos había desterrado, porque un hecho urbano estaba a punto de ocurrir para que el tablero de la única ruta de bus no solo anunciara Cundí – Olivo.

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