La enfermedad

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Ayer (o sea, el domingo) terminé de leer la que creo es la última novela del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, La forma de las ruinas, de 2015, libro que le he recomendado a todo aquel que ha querido escucharme, y del que no he vacilado en afirmar que es de lo mejor que se ha escrito por estos alrededores en los últimos años. Acabar la lectura de esa excelsa obra fue como despojarme de una parte de mí, ciertamente: durante las más de quinientas páginas con que entretuve las horas muertas pude descubrir algo así como un nuevo lenguaje, el adecuado para contar un asunto que no alcanza a ser propiamente un thriller, ni una biografía nacional, o un drama, pero que lo es todo a un tiempo. ¿Un thriller político e histórico?, podría ser, pero con componentes de la realidad oficial que cualquiera conoce aunque sea de oídas, lo cual, sin duda alguna, hace más difícil mantener despierto el interés del lector en frente de lo novelado.

Vásquez preparó un sugestivo artificio narrativo para dar a conocer lo que tenía entre pecho y espalda. Leyéndolo, supuse encontrar la piedrecita en el zapato que ha de haberle servido de planta de los pies para el cuerpo de sucesos que da forma a la complexión pretendida: Borges. Hombre de la esquina rosada, de Borges. Un cuento sutil y bravo que leí hace como veinticinco años y que he vuelto a leer en los días tristes. Estuve seguro de que al autor bogotano lo impresionó tanto ese texto como a mí, acaso por la maestría energizante con que el ciego inmenso demostró que para conocer la vida no se necesita de ojos, sino esencialmente de cierta clase de finura de los sentidos que nada tiene que ver con la capacidad de percibir la luz. Ahora que lo pienso, tal vez sea justo al contrario: quién sabe si, a tales efectos, finalmente sea más útil la tibia sensibilidad de cara a lo que es oscuro.

Mezclar el contenido de la vida de uno con la ficción, y ello con la historia del país en que uno nació, no tendría que ser siempre un buen negocio, necesariamente. Porque la vida de cualquier persona (la mía, al menos) bien puede resultar bien aburrida para los demás. Y porque la vida del país de uno tampoco es la gran cosa para los que, como uno, más o menos se la saben desde chiquitos. Es aquí donde irrumpe el elemento catalizador, la bisagra, para entonces como amistar los extremos individual y colectivo de que bebe la dura materia, y, proceso invertido que escupe en la lógica, darle credibilidad (esto es, hacer atrayente) a lo que ya era real, aunque inverosímil seguramente por ser predecible. Ese mecanismo no es otro que la fábula, la falsedad verdadera, el embuste efectivo por entretenido, la magia de la que no puedes escapar ni aligerarte porque las manos del brujo que te tortura son más rápidas que tus ansias de desmentirlo… Eso decía yo. Pero todavía faltaba algo.

Se trata, este, de un escritor que da en el clavo, dije en voz alta. ¿O es uno que da en la herida que causó ese clavo?, me contesté. Leía, en su última página, que el nuestro es un país enfermo de odio. Acto seguido encendí el televisor sin ruido y vi los resultados de la elección presidencial. La puta madre, callé. ¿Cómo es siquiera posible que en verdad la vida real sobrepase cada vez a la ficción? 

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