Las mellas que no fueron

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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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Las hermanas Richioui parecían de porcelana. Sus padres, inmigrantes italianos de Liguria, tenían el cuidado de vestirlas y acicalarlas siempre con mimos de hermosos colores y aromas, antes de que glamorosas y sonrientes salieran a adornar el jardín al frente de su casa en la población de Plato. Tenían con qué. Prósperos en el negocio y aunque bullosos eran también cultos en el hablar y el tratar.

Nunca desde la adolescencia faltaron a esta cita a menos que lloviera a cantaros o estuviera pasando una procesión. A cada lado de la puerta crujían  suavemente las balanzas de las mecedoras momposinas mientras respondían el saludo de los transeúntes casuales y los admiradores: “Buenas tardes las tengan, bellas damas, se ven como dos rosas frescas a la orilla del rosal…”, del inspirado poeta don Serafín, cuando lento y pesado pasaba. Dulces y apaciguadas comentaban de los sueños de la noche anterior, de las lágrimas derramadas  por los sueños nunca realizados, de las prendas de vestir y del calor que hace, sin despeinarse ni descolorarse.  

Tan iguales que de verdad parecían muñecas de vitrina. Copiosa cabellera, lazos,  cintillos y diademas, turbantes, mantos, tafetán de seda, aros, aretes, pulseras, zapatillas y hasta un lunar en la barbilla llevaban. Las tildaban “las mellas Richioui”. Eran exactas. Tanto que cualquier día se les acercó un pretendiente que les propuso ser novio de las dos, gesto que desaprobaron con finas maneras. A los jeeps de Jacinto y de Romualdo -Nissan Patrol modelo 63 capotados y de rojo pasión ambos- les decían “los Richioui” y, para colmo, el vendedor de faldiqueras, esas bolitas de dulce de leche cubiertas con crema,  perdió una vez la venta porque como a una de ellas en ese momento no le apetecía comerlas, la otra no las compró.

La vida de la pareja Richioui, conformada por Gabriella o “devota de Dios” y Giacinta que es “flor radiante”, transcurrió solemne pero reposada y sin sobresaltos. Aparte de andar agarradas de las manos camino a la misa de siete los domingos, no había otro lugar en donde pudieran establecer contacto con la feligresía que no fuera la puerta de su casa. Mantillas, chalinas con ribetes dorados, cuellos altos con encajes traídos especialmente de Brujas en el país de Bélgica, los brazos forrados en mangas hasta los puños, faldones plisados y mocasines con medias hasta las rodillas que ningún esfuerzo hacían para ocultar su belleza cuando se dirigían a oír el sermón del padre Rafael venido de Tenerife.

Vieron morir a sus padres, que se fueron como consecuencia de un padecimiento pulmonar muy contagioso. La tía Marcella asumió, decidió y dispuso por ellas los órdenes en los negocios y en la casa, se hizo cargo de la alacena y los demás menesteres. Nunca tuvieron de qué preocuparse. Solo peines, pinturas y buenas telas de vestir que fueran con la moda, para que, mecidas tras mecidas, enjugaran sus ilusiones en llanto y en sonrisas sus melancolías hasta casarse. 

Pero permanecieron solteras y a los 54 años a Giacinta la atacó la difteria o “garrolito”, enfermedad infecciosa, aguda y epidémica que afecta las mucosas de la garganta y la nariz, el miocardio, las fibras nerviosas y la piel. La enterraron el 27 de mayo a las cuatro, día de su cumpleaños. El mismo 27 a la misma hora del año siguiente sepultaron a Gabriella con idénticos síntomas y se descubrió por el registro de nacimiento adjunto al  acta de defunción que se llevaban un año. Las dos murieron de 54 cumplidos y no eran mellizas ni gemelas.

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