Cementerios y tumbas

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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Lo único seguro de la vida es la muerte, dicen apodícticamente. Claro, nadie ha sobrevivido de esta aventura biológica que emprendemos sin pedirlo y de la que, después, casi nadie quiere salir.

Desde tiempos inmemoriales se honra a los muertos, entre otras formas, enterrándolos en tumbas y cementerios. Se sabe que los neandertales enterraban a sus muertos. Hallazgos en la Chapelle-aux- Saints, Francia, en 1908, determinaron la existencia de entierros y cementerios neandertales, con más de 50.000 años de antigüedad, hechos corroborados en un estudio recientemente publicado.

Todas las civilizaciones han propiciado un buen viaje a la eternidad para sus muertos. La ley de las Doce Tablas en Roma, primera norma para regular la coexistencia tranquila, por razones higiénicas prohibió enterrar a los muertos en las casas o quemar los cadáveres en las áreas urbanas. Por fuera de las ciudades, entonces, se empezaron a erigir tumbas elegantes para los más pudientes. A los miserables y a los esclavos los arrojaban en fosas comunes, especie de muladares llamados “puticuli” o “culiri”.

La cristiandad primigenia les daba sepultura a sus difuntos en las catacumbas. Cuando se tornaron insuficientes, crearon cementerios con altares capillas para las ceremonias fúnebres, siempre por fuera de las ciudades. Pero después, nobles y poderosos tomaron por costumbre hacerse enterrar en templos al lado de los mártires que reposaban en los santuarios. Hubo necesidad de crear sepulcros inmediatos a las iglesias, los cuales aún siguen vigentes. El Concilio de Braga, año 561, prohibió la inhumación dentro de las iglesias, lo que nunca se cumplió a cabalidad. Carlos III de España restableció la norma de construir los cementerios fuera de la ciudad, dejando a cargo de la sanidad el control de los mismos.

No en todas partes era así. Hasta el siglo XIX no era universal la costumbre de la debida sepultura, pues muchos cadáveres sin dolientes eran apilados en los patios de las iglesias y terrenos desocupados. La contaminación de aguas y alimentos era inevitable: el cólera y otras pestes no se hicieron esperar. En la bella París, el problema fue tan grave que Napoleón ordenó la construcción de cementerios en forma de jardines alrededores de la ciudad. El primero de ellos fue el de Père Lachaise, que se puso de moda cuando la emperatriz Josefina ordenó el traslado a ese lugar de los restos de Abelardo y Eloísa, los trágicos amantes. El hermoso cementerio, ciudad en miniatura, es el reposo definitivo de personajes famosos: Molière, Chopin, Víctor Hugo, Marcel Proust, Edith Piaf, Isadora Duncan, Oscar Wilde, y Jim  Morrison, entre muchos otros.

Pronto, por todo el planeta surgen necrópolis de esas características. Bellos, reconocidos y disímiles camposantos, muchos de ellos declarados Patrimonio de la Humanidad, se erigen imponentes en muchos lugares: La Recoleta en Buenos Aires, Los Siete Magníficos de Londres, los coloridos de México y Sapanta (Rumania), Portland, Okunoin (Japón), La Habana o Waverley en Sydney, con vista al mar. Otros, sobrecogedores, como el de New Orleans, medio derruido por la última inundación, pero cada uno con su historia. Colombia tiene su listado: los más interesantes son los de Mompox, Barichara, San Pedro en Medellín, y el Wayúu en El Cabo de la Vela. Muchos de ellos se han convertido en obligadores lugares de peregrinaje o turismo.

Y las tumbas. Muchas son espectaculares obras de arte, cuando no imponentes monumentos. Sin duda, los artistas son los más visitados. Elvis Presley convoca a 600.000 personas cada año que dejan USD 150 millones a Memphis. Michael Jackson yace en un ataúd de oro y plata y una tumba de USD 855.000 en Los Ángeles que atrae numerosos visitantes por año. Shakespeare es el único motivo de visita al recóndito Stratford-upon-Avon; su tumba es sencilla. Jim Morrison atrae muchísimos más visitantes que sus distinguidos vecinos de Père Lachaise. Otros personajes bastante visitados son Lincoln, Napoleón, Allan Poe, Karl Marx y JFK.

¿Estamos los colombianos dispuestos a enterrar para siempre las perversas costumbres políticas? Ellas asuelan el erario, quitando opciones a las personas más excluidas de nuestra sociedad, generando uno de los países más desiguales, ignorantes y violentos del mundo. La violencia, el fanatismo, la insensibilidad social, el odio, la intolerancia y otras cuantas plagas que asuelan a Colombia pueden erradicarse para siempre si votamos racionalmente y en conciencia el próximo domingo.

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