¿Se le puede creer a Kim?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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El anuncio de la disposición a abandonar las armas nucleares por parte de Kim Jong-un, y su aparente reconciliación con Corea del Sur, alimentan las ilusiones de quienes ven en todo ello un triunfo de la rudeza improvisada de Donald Trump; como si dichos movimientos no fueran parte de un libreto preconcebido, y como si China, Rusia y Japón, no tuvieran que participar en la construcción de la paz.

Los norcoreanos han sido capaces de sostener una posición dura y belicista en los momentos cumbre de tensión con los Estados Unidos, en medio de un ambiente internacional hostil. Otra cosa es que no puedan sostener ese ritmo, pues un tiempo largo de confrontación mediática y de jugadas estratégicas de valor simbólico los obligarían a ir más allá de sus posibilidades. Como no cabe duda de que Kim, y sobre todo los miembros de su equipo, son experimentados calculistas políticos, se puede comprender que el acercamiento al sur conlleva por ahora muchas ventajas, como la de sacarle un poco de aire al protagonismo rampante de Trump.

El cambio de rumbo, y también de papel en el drama internacional contemporáneo, le conceden al presidente norcoreano oportunidad de disponer de tiempo para atender otras preocupaciones y obtener ganancias, así sean modestas, mientras no pierde nada con hacer anuncios de buena voluntad. Pero, ¿será sensato creer que un líder que ha invertido dinero y esfuerzo, además de afrontar graves peligros de confrontación internacional para conseguir un nivel alto de “respetabilidad”, gracias a su nuevo poderío, está de verdad dispuesto a abandonar fácilmente sus logros? O cabe la duda, abrigada por muchos, de que Kim mantendrá vivo un plan B, hasta que no esté completamente seguro de que su gesto tuvo el efecto deseado y no fue víctima de una emboscada irremediable.

La idea de desnuclearización, que tanto entusiasmo y admiración ha producido, debía en todo caso figurar en un lugar alto de la agenda, para que tuviera credibilidad y también utilidad el encuentro de los presidentes de las dos Coreas. Y ello es apenas explicable, pues una verdadera condición de paz, sin amenazas, y de unificación nacional, solamente sería posible en el momento en el que las armas nucleares no estén presentes en la península.  Pero existen otras premisas igualmente importantes, que involucran a otras potencias, que tienen su mirada puesta en la región al menos desde el armisticio de 1953.

En esta perspectiva, y aunque la meta de verdadera paz suene lógica y sincera, se encontraría mucho más adelante. Entre tanto, los esfuerzos inmediatos se deberán orientar hacia una especie de realidad pacífica, sobre bases y hechos más sencillos. Y es entonces cuando, a la hora de la verdad, se pueden advertir las dificultades para la reconciliación entre dos países con trayectoria de décadas bajo modelos radicalmente opuestos, que los han vuelto profundamente diferentes, a pesar de la existencia de elementos que los unen, como toda la historia anterior a la guerra de 1950.

La presencia militar americana es uno de los pilares de la seguridad surcoreana, y también de la del Japón. La perspectiva norcoreana, lo mismo que la china y la rusa, es bien diferente, pues vistas las cosas desde allí se estima que mientras haya tropas de los Estados Unidos al sur del Paralelo 38, la propia seguridad nacional estará amenazada. Y en materia de sanciones, clave para que Kim cuente con mejores opciones de solucionar problemas internos, Corea del Sur está de acuerdo, pero facilita ayuda humanitaria a sus hermanos del norte, que por su parte estiman que las sanciones son nada menos que actos de guerra en su contra.  El Japón apoya el rigor de las mismas, mientras China las apoya, pero rechaza la imposición unilateral por parte de los Estados Unidos y reclama negociaciones para ponerles fin de común acuerdo, en lo cual coincide con Rusia.

El panorama anterior tiene dividido al mundo, pues para unos representa la aparición de nuevas oportunidades, mientras que para otros no hace sino empañar la euforia de quienes estén celebrando la buena voluntad de Kim. Existen quienes quieren creer, por principio, en la sinceridad de los gestos de aproximación entre el gobernante norcoreano y su colega Moon Jae-in, que tuvo en otro momento a su cargo anteriores aproximaciones con el régimen de Pyongyang. 

No se debe olvidar que la Guerra de Corea no estalló exclusivamente por razones ínter coreanas, sino por el juego de las ambiciones de las potencias que se disputaban el control de todos los escenarios posibles al comienzo de la Guerra Fría. De ahí que, después de todo, para apreciar mejor el curso futuro de las cosas, resulte importante la reunión de Kim y Trump, así sea un espectáculo digno de risa y temor, adornado por la intriga de la impredecibilidad. La eventualidad de un resultado favorable a la paz, en el caso de que Trump encuentre la perspectiva de un buen negocio para su país, abriría nuevos caminos para que se comience a elaborar la armazón de un andamiaje de proceso de paz en la región, con la mirada puesta en la meta de la desnuclearización. Una vez más, un problema mundial sobresaliente queda en manos de personajes exóticos, de quienes se puede esperar cualquier cosa, inclusive una solución

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