Y Dionisio nunca volvió

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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Los pasajeros del bus de las diez que los llevaría a Suán estaban ansiosos. El calor arreciaba y por ráfagas se entraban los hedores del Caño de la Ahuyama, que estaba a un costado de la calle de las Vacas, donde esperaban la hora de la partida. Había alborozo en el lugar, vendedores entraban y salían ofreciendo bebidas frías, almojábanas, rosquitas y diabolines. La señora Mariela sentada en primera fila movía con desespero un abanico de palma para refrescarse, mientras acomodaba sobre sus piernas los atajos con encargos de sus sobrinas y nietas. 

Un hombre con maletín ejecutivo café le pidió permiso para hacerse a su lado, ella, recogió sus carnes esparramadas y le abrió un campito en la banca. No lo miró hasta que el vehículo comenzó a andar y a rugir. Le sonaba todo menos el pito. Un recorrido de dos horas por tramos largos de carretera destapada y polvorienta los esperaba. Ella llegaría hasta Puerto Giraldo o Las Flores según la profundidad del Río en la orilla para tomar el Johnson que la atravesaría a Salamina en el otro departamento. Había dejado su tierra natal hacía dos días para cumplirle una cita al geriatra en Barranquilla.

Soledad, Malambo y Sabanagrande estaban en la ruta. El murmullo de las habladurías se hacía cada vez más fuerte y confuso, opinaban de esto o aquello con autoridad y convicción, reían y lamentaban la suerte de quienes se habían marchado a otros mundos. El del maletín ensimismado en sus pensamientos no musitaba palabra. Esto, llamó la atención de Mariela. Pero, fue llegando a Santo Tomás que tomó la decisión de verlo, repararlo bien aunque fuera de un solo costado. ¿A quién se me parece este muérgano, carajo?, pensó, tiene las mismas facciones y los ademanes del hijo de Amira que se le voló a la edad de quince años y nunca más supo de él.

La curiosidad la venció: “…mira mijo, ¿tú no eres Dionisio, el de Amira Orozco, la del comedero en Salamina?” – “Yo soy”. El corazón se le quiso salir del cuerpo al oír estas palabras: “…pero muchacho, tenías más de veinte años que te fuiste de casa y todos allá, tu pobre madre, tías y primos, todavía se preguntan si estarás vivo o muerto (…) ¿Dónde te metiste todo este tiempo? (…) se van a alegrar tanto que cuando te vean, imagínate, hasta tres misas de seguido  te mandarán a hacer y el recibimiento con alcalde, personero, médico y juez no me lo pierdo”. Fue la primera en bajarse, no resistía las ganas de contarle a sus coterráneos la noticia de que Dionisio volvió para quedarse. Y a fe que no muy bien Dionisio puso pie en suelo salaminero y ya todos lo sabían.

La noticia voló. La turba lo llevó en andas entre palmas y gritos. La gente lo estrujaba queriendo tocarlo o abrazarlo. Lo recibieron en casa con alegría, le arrebataron el maletín y lo entraron en presencia de los curiosos que querían participar del jolgorio. A la semana de celebración, a medida que se agotaban los animales del patio y las cuentas de ron y vitualla en las tiendas sobrepasaban el tope máximo, feneció el festejo. Ya Dionisio se había reencontrado con la familia que afincaba sus esperanzas en él. “Debo regresar a Ciénaga porque allá dejé unas neveras y televisores que traigo para la venta, me llevo a Clemencia -la más joven y bonita de las Orozco- para que me ayude con el trasteo”. Diez días más tarde sola y embarazada regresó Clemencia.

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