Si no es De La Calle, ¿quién?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Humberto De la Calle es, según lo veo, el más conveniente candidato a la Presidencia de la República, y, por eso mismo, votaré por él el próximo domingo 27 de mayo. Pienso que, de los tres del espectro político de centroizquierda actual es el que mejor me representa, a mí, como persona y ciudadano, lo cual no quiere que decir que a Gustavo Petro y a Sergio Fajardo no los considere candidatos respetables, aunque no comparta muchas de sus posiciones y de sus actuaciones. Me imagino entonces que esto es lo bueno de la democracia: uno puede criticar a ciertas personas que postulan su nombre a las dignidades públicas porque quiere que hagan las cosas que uno haría, y como uno las haría, para derrotar a los otros. En los que sí no confío, ni para esto ni para nada, es en los candidatos Germán Vargas e Iván Duque, por más que este último se perfile como el ganador de las elecciones que manufacturan las firmas encuestadoras antes del día de la verdad.

Como supongo que, debido a lo que se percibe por ahí, a De la Calle no le irá muy bien en la primera vuelta, y, así, seguramente no pase a la segunda (que es el objetivo primario de los que están en contienda), muchos de los que los que iban a votar por él en un principio ya estarán considerando irse por Petro, o por Fajardo, merced a inclinaciones personales. Yo no, sin embargo: yo zozobraré gustosamente con el barco. Y cuando digo esto no deseo implicar que nadie deba hacer lo mismo, ni mucho menos. No. Tampoco estoy haciéndole propaganda a De la Calle (creo que esta, entonces, ya no sería una columna de opinión), a quien, valga decirlo, no conozco personalmente, así como no hago parte del Partido Liberal, y ni he participado ni voy a incidir en manera alguna en la campaña roja. Siendo así, entonces, ¿por qué De la Calle?, podría preguntarse alguien.  

Porque, a pesar de ser un rancio estadista (creo que es el único de los actuales candidatos que ya estaba totalmente formado cuando, a finales de los ochenta y principios de los noventas, tocamos el puro fondo, y hubo que abatir parcialmente el rumbo), a De la Calle no se le pueden achacar actos de corrupción y de criminalidad que a otros sí, a no dudar que sí. Que es un político, ya lo sabemos, y que esa no es una actividad para santos, también. Pero ni siquiera con tantos años en política es posible encontrarle y probarle abusos de poder o cualesquiera hechos que desconozcan la ley penal. Se trata, me parece, de un hombre digno de confiársele la responsabilidad, no solo administrativa, sino moral, de sacarnos adelante sin odios ni violencias. O de, al menos, intentarlo.

Sobre todo, creo que De la Calle sería el presidente que podría asegurar que el poder moderador del Ejecutivo esté al servicio de todos por igual, y no de algunos en particular. En este punto hay que recordar a la Antigua Roma, en la que (menos culto a la imagen, pocos inmediatismos) se reconocía tanto el valor de la experiencia de los hombres públicos, como el presumible desvanecimiento de su vanidad, y por eso el Senatus (de senex: latín para anciano) era el lugar en que concurrían aquellos que habían sabido llegar a la senectud, pues se entendía que por algo eso había ocurrido así.

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