Léase en silencio

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Cierro el libro del barranquillero Efraín Villanueva, Tomacorrientes inalámbricos, y me pongo a escribir esta columna. Todavía dan vueltas en mi cabeza ciertas frases de una novela corta que más bien podría parecer una conversación larga con alguien que habla el mismo idioma en que están cifradas estas líneas: español caribeño de Colombia.

No logro despojarme completamente de las visiones que las palabras de las múltiples voces que escuché escritas indujeron en mi conciencia, porque, respecto de temas muy puntuales de esa lectura, volví a pensar en lo que pudo haber sido y no fue en mi propia vida, aunque sin nostalgia ni arrepentimiento, solo con curiosidad. En efecto, en lo personal me habría gustado que Efraín hubiera escrito al menos otras reveladoras cien páginas.

Como él mismo nos lo dijo ese sábado en la noche a la salida de la Feria del Libro de Bogotá, en la casa de Alfredo: “Era un regalo para ella”. Quiso decir que este no es un libro comercial, más allá –digo yo- de que con él se hubiera ganado el Premio de Novela Distrito de Barranquilla, o de que hubiera venido desde Alemania solo para presentarlo en la Feria y en La Cueva, sino apenas una declaración de amor. Si bien entonces tenía varios güisquis en la cabeza, y me dio risa lo que dijo, no me atreví a burlarme de su cursilería, entre otras cosas porque escribir ya es medio cursi en sí mismo, y yo no me escapo de eso, desde luego. Ahora que he leído su primera novela, compuesta en un país frío que no es el suyo –uno en el que no deja de ser, cordialmente, un invitado-, ido allí tras los pasos de su joven mujer alemana, ya no río sino que me hago preguntas.

La estructura de la novela tiene como centro de volátil gravedad la variabilidad de los puntos de vista narrativos de la historia, pero no sobre un solo hecho: ha caleidoscopiado varios que se relacionan entre sí a través de una sensación muy profunda y complementaria de extranjería y de enamoramiento, de incertidumbre y de convicción, de destino y soledad. Sin angustias, la narración se adentra en los laberintos de la impredictibilidad, lo que le permite, a aquello que es contado, desde el recurso de la sorpresa, prometerle válidamente al lector el conocimiento de cosas que le estarían prohibidas si no sigue leyendo, porque sin dudas se asume que continuará leyendo. Se trata, pues, de un texto que a veces susurra bajito como contando un chisme, y por eso atrae; que además no se queda ahí y penetra, poco a poco, callado, sin ínfulas de nada, en las densas certidumbres que esconde la aparente ligereza con que se suele confundir a aquellos que llaman costeños.

El gran mérito del libro, Efraín, es disimular la existencia de su espinazo, de esqueleto, de rigidez, y, no obstante, latir coherencia interna, parir orden a partir del caos, tal vez para representar con ello –y es mi opinión- la manera que tenemos los de esta partecita del planeta de lidiar con la realidad, manera no copiada de ninguna otra parte y que por eso mismo construimos solos dondequiera que estemos. Porque la literatura es, también, reconocerse en la gente cuyas costuras se conocen de cerca. Por esto, la música de lo que escribiste me suena a la de un vallenato, interpretado a 2ºC. 

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