Muere un patriarca wuayú

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Iguarán Iguarán

Jesús Iguarán Iguarán

Columna: Opinión

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No llenaré estos renglones con brillantes palabras de oratoria, porque no presumo de dramaturgo ni poseo el don de agradar a aquellos que se encuentran acostumbrados a leer lo clásico, escribo hoy en idioma luctuoso debido al fallecimiento de unos de los grandes representantes de mi etnia guayú radicado en la ciudad de Santa Marta.

 

Nacido en el territorio ancestral de Julualu, (Hoy Punta Gallina La Guajira), de la línea matrilineal Guoriyú, a sus escasos dos años fue  adoptado por el doctor Joaquín Campo Serrano, quien  lo formó como hijo, como ser obediente supo aprovechar sus enseñanzas.  Santa Marta lo acogió adolescente y se lo entregó a la adultez  como hombre cuyo pecho fue una muralla, sus brazos dos potentes grúas, barra de hierro sus musculosas piernas, con esa rudeza varonil enfrentó los mayores impedimentos de su carrera como abogado, es difícil calcular hoy la suma de pesares y la mareada de obstáculo que pusieron a prueba su honestidad, y su gran deseo de servir al prójimo.

Al finalizar los años 50 del pasado milenio contrajo matrimonio con doña María Concepción Tornay, de cuya unión tuvieron dos hijos, Luis Joaquín y María Fátima Campo Tornay.

El pasado primero de mayo nos tocó despedirlo, no sólo sepultamos un amigo, ni tampoco un pariente, sino a un padre, padre de un clan que quedó en la orfandad con la muerte del doctor Luis Campo Oriyú. El doctor Campo no fue hijo de una familia fue hijo de una etnia, fue un ser incansable para resistir, osado en aventura, hostigante y sin alivio.  No me quedo conforme al decir que fue Padre de un Clan, más bien, padre de una Etnia, porque con él se sepultaron 92 años de historia wuayú, 92 años de ciudadano ejemplar, 92 años de honestidad, 92 años de ejemplo de vida, 92 años de un hombre que jamás supo traicionar a sus poderdantes. 

Para nosotros los wuayús el fallecimiento  de Luis Campo Oriyú, es la despedida de un cacique y la sentida desaparición de un Cacique no es el ocaso de un sol que hoy se oculta y mañana vuelve a parecer, es la destrucción divina que se ensaña en acabar cuanto existe, es el desaparecer de un hombre piadoso sin ostentación, es el fin de un hombre cariñoso sin familiaridad, un hombre sincero con la delicadeza, pulcro en cuanto dijo e hizo, dechado como hijo, esposo, padre, hermano y amigo, cumplidísimo caballero e irreprochable ciudadano.

Aquellos miembros de su raza wuayú que se desplazaron hasta Santa Marta para verlo enterrar, fueron testigo de su intachable conducta, han seguido sus pasos y le han sido fiel hasta la muerte, de igual manera están convencidos que su conducta, su claro vivir, su hermandad han hecho germinar millones de pensamientos; con cada gota de su sangre seguirán redimiéndote hasta el fin incontable de cautivos del error insano. Hoy esta Santa Marta, a quien amó hasta lo insaciable, se ha levantado para ungirte y acompañarte hasta el sepulcro y ser testigo cuando la inmortalidad lo levante hacia los espacios abiertos, mientras todo los que le conocieron en vida se inclinen sollozando.   

Pareció ajeno siempre al insulto o al elogio, temperamentos de esa clase de ciudadanos, de ese porte parecen ya pertenecer a una época remotísima que bien pudiera asemejarse a la de los gigantes de la fauna primordial, en cotejo con sus sucesores vivientes, Luis Campo Oriyú, fue un hombre completo y un modelo cabal de virtudes humanas, cuya vida pulcra y diáfana no me atrevo comparar con el oro y el diamante, porque tienen poco valor.

Si, Dios lo llamó después de nueve décadas a su reino, fue porque comprendió que los hombres incansables, como lo fue el  doctor Campo Oriyú, también tienen derecho al reposo y a la tranquilidad, no dudo que el mismo Dios ha de sonreír cuando lo vea entrar por el umbral de la difícil puerta de su reino.   

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