No todo pensamiento es estratégico (pero toda estrategia es pensamiento)

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Creo que el verdadero significado de la palabra estrategia es anticipación. Anticiparse a los problemas, a las posibles maneras de enfrentarlos que se nos podrían ocurrir, y, desde luego, a su correspondiente solución, es propio de mentes lo suficientemente flexibles para poder adaptarse a toda circunstancia, y así sobrevivir. Por lo tanto, estrategia, bajo este entendido, vendría a ser equivalente a una suerte de presciencia, específicamente en el sentido de previsión y de reacción adecuada, sin las cuales no sería posible seguir adelante en nada que se emprenda en la vida. 

Por esto que digo, cuando a mí me preguntan sobre el tan por todas partes de moda pensamiento estratégico, respondo con sinceridad: yo creo que es simplemente –o complejamente- un método de dirección propia y de los demás que no admite improvisaciones, pues no es posible tomar decisiones acertadas sin reflexionar adecuadamente, sin plena consideración de todos los elementos y factores de la realidad, sin la comprensión total de las adversidades, de las personas que rodean una acción cualquiera, o ya sin abarcar todos los posibles escenarios que pueden presentarse respecto de variadas situaciones, sean estas previsibles o no.

A esa capacidad de razonar debidamente se le conoce como pensamiento estratégico, aunque las definiciones oficiales y autorizadas difieran de la mía tan artesanal y empírica (pese a que, estoy seguro, no es tan disparatada). En otras palabras, se le llama estratégico al pensamiento que permite sobrevivir a determinada complicación, y aun a ganar en medio de ella, o a partir de su superación. Así las cosas, ¿cómo no dedicarse a cultivar el pensamiento estratégico en materia empresarial, académica, o en cualquier otra cosa (para no hablar de la estrategia en política y así tomarnos un merecido descanso de ella) que se haga? No hacer lo posible por alimentar la fuerza del sentido común sistematizado, equivaldría a, por ejemplo, invertir una suma de dinero en un negocio y esperar a que ella produzca dividendos por sí sola, sin apenas hacer nada para que aquel se multiplique.

Esto resulta aún más evidente cuando hablamos de las pequeñas empresas y de sus propietarios, o de quienes no cuentan con la ayuda de nadie en otros ámbitos de actividad humana. Así, no es posible que una organización, empresa, individuo que trabaja por su cuenta, y todos los demás que pretendan competir en la sociedad, puedan prosperar, o siquiera mantenerse, si el encargado de señalar la ruta y de facilitarla no piensa estratégicamente. Sin un plan para desarrollar todas las actividades, que incluya los problemas que se enfrentarán y su manera de gestionarlos, es prácticamente imposible pensar que se producirán ganancias materiales, o algún tipo de satisfacción personal con el trabajo en cuestión.

De manera que la importancia del pensamiento estratégico es dictatorial, dado que una estrategia es, en el fondo, pensar bien. Es decir, con realismo y optimismo. Con previsión y audacia. 

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