Buscando a Macondo

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Escrito por:

Germán Vives Franco

Germán Vives Franco

Columna: Opinión

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Han pasado cincuenta años desde que Remedios La Bella subió al cielo entre sabanas, y el mundo aún continúa perplejo como si hubiera sucedido ayer.

He leído Cien Años de Soledad, tres o cuatro veces, y aun me faltan otras tantas.  Cada vez que la leo hago descubrimientos que me hacen enamorarme más de la obra.  Me atrevo a afirmar que quien ha leído esta obra cumbre una sola vez, todavía no la ha leído.  Fue la obra que le dio fama mundial a Gabo, aunque no la que le dio el Nobel.

En un país que seguía aferrado a la ruana y a la novela costumbrista bucólica, cuyo mayor exponente era Jorge Isaac y su María, y que debido a su parroquialismo no trascendía fronteras, Gabo tuvo la desfachatez de sorprender al mundo entero y de escandalizar a la beatería local con sus historias y su irreverencia. 

Ningún otro humano ha sido capaz de tejer un pueblo con palabras como si fuera el sudario de Amaranta, y Macondo es un pueblo tan absurdamente real que no existe.  Cien Años de Soledad es la única novela que se sigue escribiendo a sí misma en la cotidianidad del Caribe.  Por esto Gabo se definía a sí mismo como un cronista.  Los que somos Caribes sabemos que Gabo no exageró.  Solo cuando los Caribes nos vimos en el espejo que nos ofrecía Cien Años de Soledad, comenzamos a sentirnos orgullosos de nosotros mismos.  Aprendimos a ser Caribes con y en plenitud. 

En la plaza central de Macondo Carlos Vives conoció un día a Francisco El Hombre y quedó preso de sus historias y de sus notas; en fin, se enamoró de su legado y nada volvió a ser igual.  Los entendidos saben que una vez al año las cumbiamberas, las marimondas, la maicena y el ron y en fin la alegría disfrazada se toman las calles de Macondo para ofrecer un espectáculo único e irrepetible en el mundo.

Todos los días llegan turistas de todo el orbe buscando la magia de Macondo.  Vienen buscando el hielo de Melquiades, que aún no se derrite, los pescaditos de oro del Coronel Aureliano y las gallinas por las que mataron a Mauricio Babilonia.  Gracias a Macondo el invaluable patrimonio de la cultura caribe fue reconocido universalmente; es decir, entró por la puerta grande y para quedarse.  Sin Macondo, el Carnaval de Barranquilla jamás hubiera logrado ser reconocido mundialmente ni Carlos Vives hubiera conquistado al mundo con La Gota Fría.   Primero fue Cien Años de Soledad.

Macondo fue testigo de los amores imposibles de Leandro Díaz, el poeta ciego que veía con los ojos del alma, y que cantaba sus desamores y sus conquistas.  A veces se le veía caminar tomado de la mano de Matilde Lina, su diosa coronada, para irse a bañar desnudos al rio Guatapurí.  Todo el pueblo fue testigo el día que sin quererlo se tropezó con las sabanas de Remedios La Bella, y sin saber que eran, se envolvió en ellas para cubrirse del frio.  Ese día Leandro también se fue al Cielo entre nubes inmensas de mariposas amarillas.  En el Macondo Celestial hoy se encuentran los grandes, y sin duda en el cielo hay parranda.

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