La voz propia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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He de confesar que en un par de ocasiones, bajo algún influjo de bebidas espirituosas, desde luego, me ha dado por pararme a cantar ante un escenario de bailarines que, por una u otra razón, han terminado por ignorar los matices radiales de mi voz metálica y se han sentido, quizás como yo mismo, llevados por la fuerza apasionada de cierto ritmo musical.

Entonces he dado en olvidarme por instantes hasta de quienes me acompañaban en tales menesteres, así como de que nunca he recibido lecciones de canto; y, sereno, he llegado a creer allí, como lo creo ahora, sin las luces de colores, sin los gritos ni las risas, y sin que sea de madrugada, que, de existir, darles vida a las alucinaciones ajenas debe de ser el trabajo más interesante que se haya podido inventar jamás.

Ni más ni menos, trato de describir algo así como la conquista transitoria de la libertad personal. (La libertad, ilusión necesaria, dice Borges). Pues una vez se encadena esa milésima de eternidad que pervive en la penumbra regulada de un bar con micrófonos nada vuelve a ser igual. Al menos durante esa noche, al menos por unos minutos. La magnificación de la confianza en las propias capacidades que se experimenta no resulta importante si se la compara con el estado de paz automática que el relacionamiento general con la armonía de los sonidos parece producir; y, de ello, es decir, a partir de tan sutil contagio con la belleza, como que estalla en forma de ventarrón la reposada certidumbre de que una parte de lo que había que vivir en este tiempo de existencia ya se fue, de una vez y para siempre, apenas envuelta en uno de aquellos versos susurrados a estentórea voz queda. 

El temor al ridículo desaparece cuando se hace necesario exponerse completamente para ser creído. De hecho, ocurre un fenómeno perverso cuando algo perteneciente al terreno de lo inusual es efectuado con desparpajo: los que parecen extraños son quienes no pueden despojarse de aquello que recubre las partes más íntimas de su alma. Por eso, la pobre estrategia de vocear sílabas consonantes frente a otros se hace ciertamente natural, incluso indispensable. Ahí, en situación, no es útil considerar que los errores fatales de una interpretación improvisada, silvestre, llevarán a quien los cometa a sentirse disminuido por el eventual sometimiento posterior a los reclamos de la sobriedad sobreviniente, que habrá de aconsejar prudencia, después. No: solo funciona entrar en contacto con las emociones, y, estando a merced de ellas, activar la máquina de resonancias que habita en las regiones sanguíneas del pecho, la garganta, la saliva, los dientes y los labios…

Pero, tal vez, lo más cierto de este ejercicio de sublimación no sea sino la sensación de abandono de territorio seguro que se hace real, que es la misma que alcanza alguien cuando se baña con agua gélida entre los vahos de vapor condensado que le salen de la boca; cuando se contestan acertadamente las únicas preguntas que se estudiaron para un examen cualquiera, y no las otras; o, simplemente, cuando, al hacerle el amor a una mujer, se siente la flama que rodea a ese acto, y se descubre que, sin embargo, él sigue siendo la confusión en que se pierden la vida y la muerte.

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