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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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De repente me acuerdo de las elecciones presidenciales y creo que no voy a poder votar por ninguno de los candidatos actuales.

¿O tal vez sí? Tal vez. Todo dependerá -me digo- de que alguno de ellos logre demostrar que está en posesión del “secreto” para mejorar a este país desde lo humano. Por ejemplo, me gustaría saber si alguno de los aspirantes actuales tiene la fórmula real contra la corrupción: si reconoce a esta última, si entiende cómo opera en su totalidad, si está dispuesto a enfrentarse a la jauría que domina el sector público (y, a través de la influencia indebida sobre este, también el privado), si está listo para quedarse solo y pelear a nombre de un pueblo por la moralidad administrativa (sin que se le reconozcan inmediatamente sus sacrificios), si tiene la decisión que se requiere para denunciar criminalmente a los que anhelan perpetuar la innegable realidad de perversión y suciedad que impera en Colombia cuando se trata de valores ciudadanos.

Es necesario que en este país exista un presidente que sea capaz de garantizarnos ciertos mínimos. Qué tal si el jefe de Estado pudiera ayudar, no a que los supermercados no nos cobren las bolsas de plástico (algo ya políticamente irreversible), sino a que, al menos, no nos toque publicitar el logo de cada una de esas empresas en el empaque por el que acabamos de pagar. Cómo sería si, en lugar de que siga habiendo quien se anime a vomitar esa canallesca expresión de arribismo con que se pretende humillar a otro, “¿Usted no sabe quién soy yo?”, la gente llegue a estar tan convencida de su derecho a la igualdad que se decida a apostrofarle a cualquier policía abusivo, empleado público prevaricador, o ya solo a un ventajista particular, la frase axiológicamente opuesta: “¿Quién se ha creído que es?”; o sea, ¿acaso es usted alguien que está por encima de la ley?

Me gustaría poder ir a hacer fila a cualquier parte (el cine, el cajero electrónico, etc.) sin que exista un individuo que no se reconozca capaz de respetar algo tan elemental como la espera ordenada de su turno, y que, en virtud de ello, ose pasar por encima de los derechos de los demás valiéndose de alguna excusa tan vergonzante como el precario desarrollo de su adultez. ¿Será posible que un presidente pueda hacer algo para mitigar los efectos de ese gen insidioso -y a la vez bobalicón- que parece circular en la sangre de no pocos, sino muchos, muchos, colombianos?

¿Saldrá un presidente, de entre los tres o cuatro con posibilidades reales de ganar que hay hoy, que tenga la fuerza suficiente para coordinar los poderes públicos de tal manera que el oligofrénico al que le parece que su música debe ser escuchada por todo el vecindario (solo porque a él le gusta) reciba su merecido legal? A propósito, ¿me habré vuelto de derechas por desear que haya un poco de orden, de respeto, de tranquilidad, en un país al que solo le falta una chispa de fósforo para explotar como bomba a cada rato? Si es así, es oficial entonces: soy de súper “derecha”. Pero, claro, ni aun así votaré por Duque.

Es hora de que, aprovechando el escenario de estas elecciones presidenciales, Colombia empiece a entender el verdadero concepto de paz, que no tiene nada que ver con las Farc (o la Farc) ni con los demás violentos y armados, pues todo esos lastres no son sino el reflejo de una sociedad que no ha logrado hacer en masa lo único que la puede salvar de sí misma; esto es, pensar. Si sigue renunciando a la reflexión, a esta nación solo le espera más del mismo fracaso colectivo.

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