Eterna juventud

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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El medioevo se caracterizaba, entre muchas otras cosas, por mitos diversos y misteriosas leyendas, seres imaginarios (brujas, dragones, unicornios, licántropos, hadas), lugares fantasiosos con enigmáticos entresijos (bosques encantados o la fortaleza Camelot), secretos insondables como la alquimia, la piedra filosofal o las panaceas universales y, como no, la fuente de la vida y el árbol de la felicidad.

La fuente de la eterna juventud es un clásico en el rico imaginario medieval, relacionada directamente con el río de la inmortalidad, pero a diferencia de éste, no estaba destinada a prolongar la existencia eternamente sino a devolver el vigor juvenil a quien bebiera sus aguas y, de paso, curar sus enfermedades.

Llega Juan Ponce de León con su tripulación a la Florida en 1513 buscando ese manantial, dicen, y, cuentan también, que halló la mágica fuente. Nada sustenta descubrimiento y motivación: la leyenda es muy posterior. El mito de aguas curativas se conoce desde tiempos remotos. Herodoto menciona numerosas propiedades de un acuífero en Etiopía; en el estanque de Betesda, Jerusalén, Jesús cura a un lisiado en un ritual de inmersión. Las fontanas de inmortalidad y eterna juventud son mitos comunes a Eurasia. Alejandro Magno encontró un “río del paraíso”. En muchos otros lugares se describen historias similares. Los tainos caribeños creían en la existencia de una fuente mágica y un río rejuvenecedor en Cuba. Incluso, poco antes de Ponce de León, el ilustrado italiano Pedro Martir d´Anghiera le escribió al papa León X consternado por la creencia de la gente en las aguas curativas de la isla Bimene.

La obsesión por alargar la vida ha persistido, aun cuando alcanzar la inmortalidad está lejos. Los científicos se focalizan en poblaciones excepcionalmente longevas; sin duda, hay personas y grupos humanos que envejecen muy despacio. Los telómeros, unas estructuras localizadas en los cromosomas, y la enzima telomerasa parecen tener la clave de la vida larga. Ayudan muchísimo a la genética la vida saludable, alimentación adecuada, actividad física, así como apartarse del estrés y los tóxicos. En identificar los factores que aceleran el envejecimiento y proponer  terapias específicas que lo frenen trabajan agobiantemente los investigadores.

Hay muchos equipos buscando fórmulas ya no mágicas sino científicas que, además de mejorar la calidad de vida y prevenir un sinnúmero de enfermedades, les permita generar buenas sumas de dinero. Para tales fines, Google fundó la compañía Calico  y dispuso miles de millones de dólares para entender y resolver el misterio del envejecimiento. Su misión, ralentizar, detener y, por qué no, revertir el fenómeno que inevitablemente lleva a la muerte natural. La bióloga experta en envejecimiento Cynthia Kenyon trabaja con unos diminutos gusanos a los cuales logró duplicarles la vida retardando su envejecimiento. Tres enfoques se afrontan actualmente. Uno político, y es la dificultad para lograr la aprobación de un fármaco antienvejecimiento; la vejez no es una enfermedad y no corresponde entonces buscarle cura. El segundo tiene que ver con mejorar la calidad de vida, manteniendo sanos a los individuos, lo cual busca reducir costos a los sistemas de salud. Por último, el punto más polémico, es hallar mecanismos para prolongar la vida.

Los problemas éticos no son cosa menor. Corresponde definir qué es el envejecimiento individual y social, cómo y cuándo se produce, y su influencia sobre la pirámide poblacional y el gasto social. Por ejemplo, en el mundo la población mayor de 60 años era un 8% en 1950, 10% en 2000 y se estima en un 21% en 50 años. Así mismo, la población menor de 14 años era de 34% en 1950, 30% en 2000 y será de 21% en 50 años. En ese caso, ¿cómo será la generación de recursos, el gasto en salud, educación y vivienda? ¿Hacia dónde apuntará la recreación, la nutrición, el uso de energía, el diseño de vestimenta o los medios de transporte? No es fácil responder esos interrogantes, y los gobiernos, la sociedad con sus valores y las religiones están atentas a las nuevas fuentes de la eterna juventud para pronunciarse.

Debemos dejar a un lado la obsesión por la primavera eterna de la juventud y concentrarnos mejor en valorar la vida, aceptar la naturaleza y envejecer con dignidad. La ciencia, que ayude a mejorar la calidad de vida y a sanar enfermedades hoy incurables.

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