La historia dirá quién tiene la razón

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Iguarán Iguarán

Jesús Iguarán Iguarán

Columna: Opinión

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Ratifico una vez más que no soy enemigo de la paz, también deseo exhumarla como la anhelan desenterrar todos los colombianos, pero me gustaría celebrar su llegada con armonía y dignidad, cosa que noto lejos de la realidad.

Considero que todo cuanto se haga por mejorar la situación del país es plausible, patriótico y ante todo inaplazable, por tal razón confirmo que deseo para mi patria todo lo que pueda traer para ella simpatía, pero, no acuerdos enclenques que traigan al colombiano espiga de incontinencia  y pongan la verdadera paz en peligro. Yo anhelo para Colombia todo elemento de grandeza necesaria para el arribo de la armonía, la concordia y la paz, y también todos los elementos necesarios para su desarrollo, pero no deseo que ella vaya una línea más lejos de donde comienza la zona peligrosa para su porvenir. 

Me inquieta que aquellos que por más de cincuenta años se ensancharon, conspiraron, quebrantaron y aún tiene a Colombia en el más deplorable estado de postración y la han sumido en el más profundo desconcierto, ellos, los autores de tantos males, los que tuvieron como profesión el delito, los que hicieron de la extorción y el secuestro un negocio provechoso, los que con su tachable conducta acumularon grandiosa suma de dinero, cuyo capital puede superar por más de diez veces el valor de las armas que supuestamente “entregaron”, aquellos que han vivido décadas en cuevas como ofidios ponzoñosos y han demostrado que su veneno ha sido para ellos un instrumento beneficioso y productivo, e incluso los ha puesto entre los altos potentados del mundo, aquellos que solo han sabido demostrar que no saben otra cosa diferente a delinquir, aquellos que han hollado con herrado tacón de la perversidad las leyes y la integridad humana de los colombianos, aquellos autores de tantas barbaries, sean hoy, traídos a la vida social como grandes beatos a iluminar con su antorcha la oscura situación del país, a la que ellos mis contribuyeron a escurecer y además se les considere como ícono de la armonía, sin que hayan depositado para Colombia  un hálito de paz.

Analizando la conducta de estos “beatos”, estimo que prefiero ver nuevamente encendida la llama de la guerra, antes de ver que todas estas prerrogativas que el Estado ha asignado por la paz, se convierta solo en un breve armisticio.

No me inquieta en lo mínimo que crean que hago guerra a la paz, por lo contrario, desearía alimentarla de igual manera como lo hace el alcatraz que nutre a sus polluelos con lo mejor de su sangre. No deseo que esta paz que tanto añoramos se nos presente erizada de peligros, no solo para las instituciones, sino también para el pueblo quien deberá desprenderse de su sueldo un alto porcentaje de dinero por el cual ha trabajado y además conserva como su único patrimonio. No es sensato que de manera inmisericorde el pueblo deba pagar mediante sus impuestos todas las gangas que se le han de donar a los subversivos para que disfruten de 7 mil millones de pesos por diez años y de manera inmediata puedan crean su nuevo partido político y “consignen  avales” como si su conducta ante el pueblo hubiese llegado coronada de mil benignidades.

  Sólo me resta decir que estas palabras no es producto de la hiperestesia política, ni significa la reacción de un partido político; es simplemente el patriotismo herido el que se querella de tantas maldades. Al fin y al cabo, la historia dirá quién tiene la razón.