Encuestocracia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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Recientemente fueron publicadas varias encuestas de las actuales campañas presidenciales en Colombia según las cuales, sin haber sucedido nada extraordinario, el candidato Iván Duque subía del cuarto al primer lugar.

En una de ellas aparece con una intención de voto cercana al 46%; un mes antes, estaba en un magro 9% según la misma empresa. Germán Vargas Lleras, muy colgado en todas, daba también su inexplicable salto cuántico al segundo lugar en otro sondeo. No se hicieron esperar las críticas: muchos opinadores serios hablaron de manipulación. Naturalmente, las encuestadoras y los candidatos favorecidos defendieron los resultados. Las preguntas son entonces: ¿se pueden manipular las encuestas? ¿Fueron tergiversadas en estos casos? Si fue así, ¿qué se busca con ello?

En primer lugar, esos sondeos aparecen pagados por los grandes medios de información, interesados en determinadas campañas. La sumatoria de una encuesta fue un extraño 101%. Otra aparece realiza por  una empresa cuya creación se realizó en Panamá, pocos días antes de emitir sus resultados. Se encontraron diferencias en la ficha técnica publicada y la que aparece en internet; muy sospechosas, pues, empresa y encuesta. Dice Juan Manuel López Caballero que, al leer e interpretar las encuestas, debemos considerar quienes contratan la encuesta y cuáles son sus intenciones. Circula un viejo chiste al respecto: le preguntan al encuestador ¿cuánto es dos más dos? Responde: ¿cuánto quiere que sea? Existen empresas serias, pero otras que se prestan al juego. La diferencia entre informar y manipular es grande.

Hay diversas metodologías para realizar investigaciones científicas, cuyos resultados permitirán plantear soluciones y tomar decisiones. Para medir la intención de voto se debería buscar la mayor transparencia, objetividad posible y representatividad. Empero, existen muchas maneras de inducir resultados: desde la elaboración de la pregunta (¿cree usted que todos los ciudadanos tienen iguales derechos ante la ley?) hasta entrevistas a las personas específicamente seleccionadas en los momentos equivocados. Sin duda, hay asuntos de muestreo y sesgos deliberados que en ocasiones pasan de agache, pero en otras son demasiado burdos.

Ahora bien. Ciertas encuestas fracasan en sus predicciones porque, al menos en Colombia, una cosa es la intención y otra es la realidad. Las maquinarias políticas son poderosas: la coacción, constreñimiento al elector, compraventa y trasteo de votos, y otras cuantas joyas cambian la realidad electoral de la corona. Además, los medios juegan un papel fundamental en la “formación de opinión”, y en Colombia es vulgarmente evidente. El “mundo civilizado” no se escapa. Recientemente se presentó un escándalo por la manipulación de datos de 2.000 millones de usuarios de Facebook por parte de corredores de datos para ser usados en la campaña de Donald Trump. La empresa involucrada, con nombre elegante: Cambridge Analytic. La idea era entrar en la mente del votante. En este caso, se accedió ilegalmente a esos datos para manipular al elector. Un ejemplo fácil: según los likes que se dan en las redes sociales, se selecciona la muestra a encuestar, induciendo los resultados. Luego se aplica ingeniería inversa, esto es, enviar anuncios “personalizados”, focalizados según sus esperanzas y temores. ¿Algo más eficaz para encontrar el perfil sicológico del usuario y, después, seleccionar la muestra poblacional a encuestar? Facebook está en serios problemas y puede ser sancionado severamente.

¿Para qué se manipulan las encuestas? Hay una intención primaria: fortalecer y visibilizar artificialmente a candidatos débiles para inducir el llamado “efecto vagón”: al elector le gusta subirse en el tren ganador. Además, afectar sicológicamente a oponentes seleccionados y sus seguidores. Machacando repetidamente desde diversas fuentes, el resultado viene sólo. Súmele las campañas negativas contra determinados candidatos, y agregue ahora los principales ingredientes: las trampas electorales y la manipulación de resultados. En algunas camarillas políticas existe la ideología del “estado de opinión”. Entonces, hay que inducir la opinión del público: uno de los medios más eficaces y perversos es manipular encuestas. Después, gobernar con ellas, la “encuestocracia”, se torna inevitable y popular, no necesariamente bueno ni conveniente.

Así, Colombia es un país ajeno a la democracia que tanto pregonan nuestros líderes políticos. Aspire usted como ciudadano de a pie a ser elegido a un cuerpo colegiado o a un cargo ejecutivo y me cuenta. Sin influencias y dinero abundante, resulta casi imposible. Si usted todavía considera que la política en Colombia es limpia, mis congratulaciones por tanta ingenuidad.

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