Lecturas monacales

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Durante la Semana Santa que pasó estuve leyendo un par de novelas –sucesiva, no simultáneamente- usando de profunda concentración, de esa que solo se alcanza en estados semejantes a los de la oración –sea cual fuere el dios al que se rece-, la meditación, o, si se quiere, al del ritmo que impone la transpiración producto del siempre conveniente ejercicio físico de mediana intensidad.

A pesar de que me siento a leer con energía, y sin sombra del pecado capital de la pereza, debo decir que también subrayo párrafos enteros, hago anotaciones al margen de las páginas y trato de razonar inmediatamente sobre la palabra escrita a través de la debida pausa; de manera que no se me podría acusar con justicia de ser acaso un lector apresurado, es decir, pasivo, ese que no es capaz de señalarte el corazón del texto que un momento antes acabó de soltar.

Tal vez por eso mismo, creo que, después de terminar, lo que he leído suele quedárseme dando vueltas por la cabeza durante un rato antes de dejarme en completa paz, como cuando la comida que está siendo procesada por el cuerpo humano va pasando de un intestino al otro en ciega operación vital... Pero dejo las analogías con la salud a un lado, y confieso ahora que, en referencia a la lectura de los dos trabajos aludidos al principio, no propicié esta vez ningún tipo de interregno reflexivo entre el final de uno y el comienzo de otro, sino que me precipité, una vez acabado el primero, a beber luz del segundo de ellos. De acuerdo con la inscripción que hice en la portada interior de este el día de su adquisición, tal fecha era una de enero de 2012. O sea que puedo concluir que no me debí a un capricho, sino a cierta pulsión por algo parecido a un encuentro con el pasado. 

El primer libro, en cambio, lo compré en enero del año corriente. Le había dado vueltas desde hacía semanas. Lo sacaba a pasear, incluso. El hecho es que la prosa del neerlandés Herman Koch no terminaba de gustarme, y la historia –holandesa también- me parecía algo así como sosa, como entre depresiva e histérica, llena de odio. Entonces hice acopio de todas mis fuerzas y le di muerte al Estimado señor M., que así se llama esa obra de 2016. Cuando estaba circulando entre sus líneas póstumas, tuve una revelación: me vi a mí mismo lamentándome por el tiempo perdido. Supe que de nada valía recurrir a autores menores –aunque vendidos- por el simple placer de la lectura, para atajar al estrés u otro motivo, si en realidad estaba evitando ocuparme de los que a fe que saben verdades y que, precisamente debido a ello, han compuesto discursos vedados al poco esfuerzo. ¿Es lícito un deleite que, antes, no ha supuesto dolor para quien lo pretende?, pensé.

Esto decidió mi regreso al principio, al segundo libro: El nombre de la rosa, de Umberto Eco y de 1980. Con una disciplina ferrosa, de fervor casi místico, y con un buen diccionario al lado, me consagré a la herejía y a su razón durante los días santos. Que Dios me perdone. El italiano, que, si no hubiera vendido tanto (y, sobre todo, si no fuera por aquello de que ya está muerto), sería considerado un escritor semimaldito, valido de su estupenda fuerza intelectual dio en demostrarme, a mí, que soy de inspiración franciscana, el sentido de la exquisita broma que, escarbando en estado de gracia por los vericuetos del conocimiento, es posible descifrar dentro de la estrafalaria historia religiosa de gran parte de la humanidad (y que por aquí llegó de rebote). Pax et Bonum.

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