Elecciones 2018: Ganadores, perdedores y la fétida corrupción

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Escrito por:

José Noriega

José Noriega

Columna: Opinión

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“Democracia es la forma de gobierno en donde la mayoría pisotea los derechos de la minoría” (Abraham Lincoln)

Aunque parezca contradictorio, el debate político pasado ha dejado más  sinsabores que alegrías y ello por cuanto seguimos inmersos en las estupideces democráticas que arrastramos desde el nacimiento a la vida republicana, y en donde cualquier pelafustán se cree con licencia para avasallar desde los micrófonos o en la redes sociales a quienes desde las cavas de la ingenuidad pretenden seguir creyendo que esto no tiene arreglo y que por ello es menester seguir votando por los mismos de siempre, sin importar cuánta ralea perversa conforma esa caterva de dirigentes eunucos mentales que, como en el pasaje del río revuelto, siguen saliendo como pescadores gananciosos y es aquí en donde hay que decir Basta y mandarlos para los mismísimos infiernos electorales.

Ahora, todos aquellos que sacaron cualquier milloncito de votos se sienten como líder de la democracia y enrostran sus números creyéndose estar elegidos y que los demás son sólo unos competidores puestos allí para  hacer más democrática las justas y darle visos de legalidad y transparencia a un debate plagado de marrullas y trapisondas avaladas por las propias autoridades electorales, en donde poco a poco se van decantando las cifras y se va sabiendo quién es quién, aún a expensas de una frágil democracia que no aguanta una investigación y de la cual los propios medios de comunicación alardean de ser una de las más antiguas y sólidas de América Latina, desconociendo y sin saber realmente cuál es el verdadero interés para que ellos, -los medios de comunicación-, sigan pagando y pregonando encuestas en donde los ganadores siempre han sido y serán sus favoritos o, lo que es más triste y vergonzoso, los que le convienen a los gremios económicos propietarios de esos medios para los cuales trabajan.

           Ganadores, como siempre, serán esos proxenetas electoreros que se pertrechan en las posiciones furtivas de sus antecedentes y manipulan a esas marionetas que sirven de mequetrefes para que el patrón de turno, sin importar su indigno pasado, sigan derivando y manejando los hilos del poder, así sea llevándose por delante una maltrecha democracia que subsiste bajo el imperio e ingobernabilidad no del más inteligente, sino del más astuto, esos filibusteros que se agazapan en la ignorancia y hambre de un pueblo que, inmerso en la necesidad, se ofrece al mejor postor y de esa manera el barón electoral saca pecho diciendo y restregando sus miles de votos, mientras las autoridades esquivan esa putrefacta acción democrática.

También ganaron las redes sociales que, viniéndose a saber ahora, se comportan como delincuentes y ofrecen sus plataformas a todo aquel, -candidato o no-, que esté en condiciones de pagar para que le multipliquen el número de seguidores y se precian de manejar una alta cifra de mentirosos seguidores y allí arrastran con cualquier realidad social, por cuanto la práctica demuestra que el elector de a pie sólo cuenta con su voto, sin desconocer que la Colombia rural carece de la tecnología informática.

Otros perdedores, los más grandes derrotados, fueron las Farc, quienes creyeron que el pueblo votaría masivamente por ellos y arrasarían en las urnas y se fueron de bruces contra la realidad de un país que no olvida sus genocidas acciones, con pescas milagrosas, secuestros extorsivos, tatucos, y cilindros bombas y todo parece indicar que le hicieron falta los AK terciados al hombro que con tanta arrogancia mostraban por donde fueran, escenario que sigue latente para que se recomponga lo acordado por cuanto ellos no pueden creerse el cuento que serán los nuevos adalides de la democracia, sin exculpar sus acciones y purgar sus culpas, -como debe ser-, pero sin olvidar que si la justicia colombiana no actúa vendrán los tribunales internacionales a cobrarles sus deudas: con ello también perdió el gobierno que ahora saca pecho diciendo que era mentira que se le había entregado el país a los terroristas, como si haberle regalado 10 curules no hubiera sido considerado un obsequio a la arrodillada condición que impusieron ellos, lo mismo que partido Liberal que apoyó y acompañó ese espectáculo circense en cabeza su hoy candidato a la presidencia, Humberto de la Calle Lombana.

Parodiando la ley de Murphy, Colombia y su democracia han logrado la cúspide de su perversidad y mediocridad y estamos a punto de que estalle la olla y sus estertores trasciendan más allá de las fronteras y será en ese momento en que el pueblo, -ese que paga impuestos y pone los muertos-, enarbole la bandera de la inconformidad y mande a sus dirigentes a las cloacas de donde nunca han debido salir y continúen allí revolcándose en el estiércol de sus procedimientos. Amanecerá y veremos.

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