Democracia: solo sin extremos

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

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Democracia: solo sin extremos

Los colombianos verdaderamente demócratas se enfrentan a un momento histórico: o se resignan a vivir décadas bajo gobiernos que rechazan y van en contra de sus principios, o pasan ya de quejarse a actuar. Hoy se trata de contribuir activa y decididamente a que Colombia por fin construya una democracia que respete a sus ciudadanos. Se nos agotó el tiempo, y si no reaccionamos ya, o se va el país para la extrema derecha ya vivida, o se va para una izquierda, no castrochavista, pero dura y desconocida.

Colombia se volvió una sociedad agria, dividida, intolerante y revanchista mientras vive en medio de una corrupción generalizada. No es este el país en el que florece el diálogo, la inclusión, la solidaridad, y para los economistas, esa competitividad imprescindible en este mundo global. Cualquiera de los dos extremos que llegue a la presidencia va a tener una oposición cruenta, irracional precisamente por estar en el otro extremo ideológico. La pregunta obvia es si en medio de esa polarización ¿es posible construir ese posconflicto con el que han soñado generaciones de colombianos? Para pasar de la guerra a la paz lo primero que se requiere es construir consensos algo que por definición es imposible en medio de extremos claramente irreconciliables.

El otro factor que poco se ha analizado es que si llega esta derecha uribista o esta izquierda petrista, no se conformarán con un período presidencial sino que buscarán quedarse indefinidamente. No se trata de reelegir personajes, Colombia no lo acepta, pero si de mantener sus ideas por largos períodos. Ya Uribe cambió la Constitución, y después, trató de buscar el tercer mandato. Petro tiene claros ejemplos en América Latina de cómo eternizarse en el poder. Una pregunta suelta: ¿Se ha medido esa posibilidad y sus consecuencias?

La alternativa es construir rápidamente un camino que demuestre con fuerza ciudadana, que lo que desea la mayoría del país es un gobierno de centro, que son De la Calle y Fajardo quienes lo representan en este momento, y que ellos acepten que divididos no pueden ganar. Consolidada esta idea en el imaginario nacional, la siguiente etapa es decidir democráticamente cuál de los dos da mayor garantía al país para cumplir el complejo papel que tiene un presidente demócrata en este momento. Y para todo esto hay muy poco tiempo, luego, hay que empezar ya.

Desde distintas orillas se han iniciado estos llamados para que se de esta alianza. Por ello es necesario señalar las amenazas que pueden entorpecer este crucial momento. Los dos candidatos de centro tienen que aceptar que solos jamás podrán enfrentar los extremos favorecidos en las recientes elecciones. A Fajardo parece que le está costando mucho trabajo aceptar esa realidad basado en el éxito que tuvo el partido Verde en las elecciones parlamentarias, uno que es más del senador electo que del candidato presidencial.  Si Mockus ya pidió de rodillas la unión con De la Calle, es hora de que todos sus dirigentes bajen de esa nube a Fajardo y lo lleven a la alianza con De la Calle.

El otro problema que se debe frenar es la agresividad y los insultos de miembros de estas dos tendencias, más en los Verdes que en el Partido Liberal, contra los candidatos de los extremos porque generan rechazo en los electores. Esa no es la forma de construir alternativas diferentes porque precisamente son los insultos y las descalificaciones sus métodos preferidos. Ojo con eso, Claudia.     

Solo si el centro ocupa este espacio político en las elecciones presidenciales, Colombia contará con un gobierno que realmente pueda realizar las profundas y complejas reformas que en un ambiente de tensión política serán absolutamente inviables. Solo con ese tipo de gobierno mantendremos estos primero pinos de paz. La posibilidad de discutir con objetividad; de convocar las mejores mentes del país; de involucrar a la academia que se siente con razón tan ajena a la política solo se dará si lo que le importa al Estado es avanzar en la solución de sus profundas desigualdades que frenan la convivencia pacífica y la verdadera modernización del país. Lo otro, puede terminar fácilmente en una guerra de egos entre una derecha que se cree dueña de la verdad y una izquierda imperial.  

Si los que creemos que los extremos no construyen una verdadera democracia, no podremos lamentarnos el resto de nuestras vidas si ahora adoptamos la posición más fácil, pero más peligrosa: no hacer nada.

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