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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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El asunto de opinar no deja de ser complejo: hay gente que no lo entiende a uno, gente que lo tergiversa a uno –ya por malinterpretación inconsciente, ya por simple mala fe, de la que abunda en Colombia-, gente que no lee bien, gente que no entiende lo que es una opinión, gente que entiende lo que es una opinión y la utiliza mal… etc. Opinar sobre cualquier cosa es difícil por estas y otras razones, pero, desde luego, lo es mucho más cuando se trata de emitir un parecer acerca de temas políticos. Después de todo, la política es la gran excusa para la despresurización de la vida secreta que va envuelta en los temas públicos: es el soberbio disfraz con que se presentan las inamovibles diferencias personales de manera aparentemente civilizada y, por lo tanto, aceptable.

La política, entonces, podría no ser sino, apenas en pequeña proporción, aquello que decían que era: el gobierno de la ciudad según las necesidades comunes. Es posible que, muy al contrario, y mayoritariamente, sea la consolidación de las necesidades individuales de quienes la practican profesionalmente a través de la imposición de modelos de vida social diferenciada. Así, de ser cierta esta presunción arbitraria mía, la sociedad no sería más que la resultante de la sopa de espagueti en que se convierte cualquier mapa de poder que se pretenda trazar a partir de lo que se ve: los poderosos dependen de sus iguales, en las más diversas y enrevesadas formas, y solo aquellos de entre tales que sean los más habilidosos se mantendrán libres de cabo a rabo: serán jefes de jefes.

Estos escenarios de medición de fuerzas, que son los de la cosa pública, están lubricados, en tanto que mecanismos democráticos, por la opinión. La opinión ciudadana, a su vez, viene a ser una suerte de sumatoria de todos los sentires que se pueden encontrar en la calle misma, o en la intimidad de los hogares. Allí, en esos foros tan disímiles es donde entran en juego las teorías a veces irresponsables de los columnistas de opinión política, quienes no pocas veces terminan siendo los culpables de las tendencias favorables o desfavorables que puede gozar o padecer, por ejemplo, un candidato a la presidencia de la República. A veces hay en esto intereses nada colectivistas.

Identifico, al menos, tres clases de opinadores de elecciones: uno, el que abiertamente ataca o defiende una postura política; dos, el que, disimuladamente, ataca o defiende una u otra postura también política; y, tres, la estirpe más repugnante: el que, pareciendo abierto, disimuladamente no se opone ni favorece a ninguna posición en un contexto electoral, y lo hace por una razón. Quisiera detenerme en él. Durante los días que transcurren es posible apreciar la manera en que muchos de estos políticos en la realidad (tal vez nunca se han hecho contar), que se atrincheran como escritores, intentan influir en determinados escenarios nacionales mediante la más abyecta de las estrategias, que, a pesar de ello, no es necesariamente un fracaso en Colombia, quizás porque aquí no se desenmascara a nadie: el fingimiento de equilibrio para así inclinar la balanza al final con argumentos repletos de silencio oportunista. Ahora a esto le llaman, además, ser de centro. Yo le llamo cobardía.

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