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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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La costumbre colombiana de imponerles –porque una imposición es- a las obras públicas los nombres de los que fueron sus “gestores”, o los de sus cónyuges, la recuerdo hoy más que nunca, cuando estamos en la mitad de las violentas épocas electorales. Los señores que aspiran a ocupar los cargos de que la democracia dispone para su repartición a buen seguro no dejan de hacerlo sin atender a la lógica que hace apetecibles a estos: la imperceptible amalgama de los intereses privados y públicos en que degenera la permeabilidad del Estado de derecho que se ha dispuesto, no al azar, para facilitarlo todo. Hemos, pues, de esperar más de lo mismo, otra vez, como ha sido desde siempre: los mismos fulanos que hablan en primera persona del singular refiriéndose a lo que se ha construido con la plata de los impuestos, no con la suya, ni la de su familia. “Mi presupuesto”, “mi alcaldía”, “mi curul”, “mis obras”, suelen decir, sin atisbo de vergüenza…

Porque, conciudadanos, para quienes todavía no lo sepan (o, sabiéndolo, se hacen los locos, o simplemente prefieren no entenderse con nada de acerca de lo que consideran que no pueden cambiar): este país está escriturado. Son muchos los casos de dizque mandatarios que en privado se han burlado de aquel ideal de la democracia participativa de finales de los ochentas del siglo pasado -de hace ya treinta años- que por fin instauró la elección popular de alcaldes y gobernadores. Es verdad: no son pocos los políticos que, en medio de tragos, en confianza, han hecho comprender a otros, sus oyentes, la verdadera lógica que los ha animado a ellos internamente a meterse en política para ejercer una magistratura que debería ser un honor y no una oportunidad para delinquir.

Se cuenta así: si el narrador pagó para acceder al cargo popular, ¿a quién le cabe en la cabeza que una promesa de campaña gritada a los cuatro vientos en un pueblo perdido de por ahí; o un plan de desarrollo que dibujó algún politólogo varado de otra parte al que se le pagó un dinerito para que escribiera los dos documentos de una vez: el programa de gobierno y su copia, el propio plan; o, peor aún, una ley de desarrollo hecha a la carrera, en la lluviosa madrugada del centro de Bogotá, a pupitrazo limpio, por otros truchimanes que, aunque de corbata negra, son iguales a él…; a quién le cabe en la cabeza que algo de eso puede obligar a este ilustre “patricio de la patria” tomado como ejemplo genérico a anteponer el bien común a sus apetencias (algunas de ellas inconfesables en público, por lo impúdicas)? A nadie le puede caber en la cabeza que alguien así piense en el largo plazo. En efecto, a nadie en sus cabales se le ha ocurrido siquiera que un simio piense en nada.

En estos días, no sin molestia, he recordado eso que decía al principio. ¿Sabía usted que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar lleva el nombre de la esposa del presidente Carlos Lleras, Cecilia De la Fuente; o que el Buque Escuela Gloria, de la Armada, se llama de esa manera por la mujer del militar que lo proyectó, de quien dicen que solo le faltó hacer él mismo el barco; o que la imitación del MOMA (Museum of Modern Art, de Nueva York), el MAMU (Museo de Arte Miguel Urrutia) –no mumu, que es una grosería en alemán-, del Banco de la República, es puro gesto genuflexo ante tal doctor, exgerente del ente técnico mencionado y sufragado con su bolsillo de lector? Hay decenas de ejemplos de estos abusos payasos que, en últimas, no son nada comparados con lo que se roban. Pero que a mí no me digan que celebre a la democracia colombiana. No seamos descarados.

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