Eternidad

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Éternité, película en francés escrita y dirigida por el vietnamita Tran Anh Hung, estrenada en 2016, y basada en la novela de 1995 L’Élégance des veuves (La elegancia de las viudas), de la con poco de su nacionalidad francesa en el nombre Alice Ferney, es uno de esos filmes únicos en su género que suelen destacar, además, por su descaro.

No oculta para nada el director la intención de infligir dos horas de arrullo al espectador a través de la imposición de verdaderos conciertos de música de cámara, que ven acentuado su carácter privado desde el mosaico de escenas estáticas que ofrecen los actores en complicidad con el intento de hacer de la fotografía de Hung una razón más para quedarse viendo su obra. Claro, podría decirse que tales alardes técnicos son demasiado, pero sería en vano, pues no hay forma de alejarse de la pantalla sin sentir que se pierde algo importante.

El cineasta no quiso olvidarse de que es esta una historia de mujeres, con todo lo que ello implica. Verdaderas bellezas del cine francés (que es un cine internacional, en realidad) como Audrey Tautou, Bérénice Bejo y Mélanie Laurent debieron de sentirse de alguna manera persuadidas de responsabilizarse de un trabajo tan poco feminista según la definición de esta época, aunque sí muy femenino en cualquier tiempo, incluido el de la narración (del último imperio napoleónico). Imagino los violentos ataques proferidos a tales actrices por haber aceptado representar una cara histórica de la mujer cada vez menos aceptable en determinados contextos en los que, como el colombiano, apenas descubrieron anoche que el fanatismo y la idiotez intolerante pueden quedar impunes, y, lo que es más, que esas cosas son válidas, no solo como pose y moda, sino como negocio político.

Papeles de esposas y madres, decía. Pero no de cualesquiera esposas y madres. En los cuentos imbricados que hacen la estructura de esta película se erige un motivo central: la indecible felicidad de parir y criar hijos que experimentan algunas mujeres, al tiempo que se es una esposa cuidada, protegida, despreocupada por los aspectos prácticos de la existencia, de los que, se entiende, se ocupan los hombres. Para eso están los hombres, ¿no es así? Sí, así es, y a ellos no parece molestarles. Y, entonces, después de alcanzado el sereno clímax de la jornada respectiva, a través de la ternura inimaginable de familias giganteas hechas de divertidos balbuceos de infantes minúsculos, en casas de campo con paisajes que deberían estar prohibidos, la canalla muerte se precipita toda ella, arrebata de las manos lo que alguna vez fue, llena de envidia de la vida, y mata. 

La eternidad del título está en la dulzura de los niños, que es como si ensanchara la de sus mamás hasta límites de inverosímiles entregas. La dulzura de la película también vive en la dulcificación del carácter masculino del trasfondo, que increíblemente se tranquiliza y afirma con el peso de las familias que hay que mantener. Toda una revolución insinuar que hoy, como hace un siglo, a los humanos los movía más el amor que el odio de las guerras, que entonces ya era ley. Para algunos, las dudas que ensombrecen la luminosidad de sus días son todavía combatidas con fes palpitantes.

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