Literatura versus historia

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

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Aunque se insiste en el tema, muchas personas persisten en confundir la ficción con la realidad, sobre todo cuando leen una obra.

Como advertencia general debemos decir que una novela o un cuento no reflejan cabalmente la realidad, pues se trata de una re-creación que el autor ha elaborado y para ella acude al arte, en este caso a la literatura. Traigo a la memoria el título de un libro extenso cuyo autor es el filólogo español Martín Alonso: “Ciencia del lenguaje y arte del estilo”. El lenguaje es una ciencia pero el estilo es un arte. Y si el novelista es un artista de la palabra, no se puede esperar sino que su producción esté relacionada con el arte. En otras palabras: a un novelista o cuentista no hay que exigirle la verdad rigurosa porque la literatura tiene su propia verdad. Por ejemplo, es un error seguir a pie juntillas el relato ‘El general en su laberinto’ (1989), novela en la cual el narrador se sitúa al lado del Libertador y con él realiza el penoso viaje por el río Magdalena hasta su sepulcro en Santa Marta. La verdad histórica es una; otra, muy diferente, es la verdad literaria que, aunque puede basarse en la realidad, admite el enriquecimiento del lenguaje, la exageración y hasta la inexactitud que el autor desee introducir a voluntad.

     En la portada de muchas obras escritas era corriente encontrar la palabra ‘Novela’. Lo mismo ocurría con los ‘Ensayos’ mas no así con los textos de historia. Tal vez sea necesario volver a esa advertencia cuando se trate de libros que tienen como tema un hecho real pero tratado en forma literaria por el autor. En fin, no debemos asignar a la literatura el carácter que corresponde a la historia. Lo histórico no podrá confundirse con lo literario: le falta el elemento imaginario o fantasioso característico del cuento y la novela. Por ejemplo, ‘El nombre de la rosa’ de Umberto Eco, no es sino una novela histórica muy bien narrada y sumamente documentada.

     Si tocamos el tema de ‘Cien años de soledad’ y la masacre de las Bananeras debemos tener en cuenta que se trata de una novela, es decir, de una obra de ficción. Sin embargo, hay en ella pasajes de hechos reales, como la guerra fratricida de los Mil días. El autor, con todo derecho, fantasea, como lo hace en el episodio de Remedios, la Bella y su ascenso al cielo; y exagera cuando establece en 3000 el número de trabajadores asesinados frente a la estación del ferrocarril en Ciénaga. Pero hay pasajes basados en la realidad. En una obra escrita por el general Carlos Cortés Vargas, quien comandó la operación represiva, hay fotografías en la cuales aparecen los soldados genocidas con ametralladoras emplazadas sobre los vagones del tren. El informe del Consulado norteamericano en Santa Marta aseguró que fueron 50 muertos. El 16 de enero de 1929 la United Fruit Company admitió que fueron más de 1000. Conclusión: no puede afirmarse que la masacre no existió. En cambio aceptemos que García Márquez echó mano de la hipérbole para referirse al execrable suceso. De paso, con la cifra de muertos que consigna nuestro escritor, se refiere simbólicamente a los caídos que en Colombia hemos tenido en todos los tiempos y que tendremos por causa de la violencia oficial.

    El símbolo o lenguaje metafórico usado por García Márquez en relación con el número de muertos en el episodio de las Bananeras tiene algo que ver con la futurología y habría que agregar los asesinatos de ‘los años de la violencia’ y los que nos agobian desde entonces hasta ahora. Nuestro Nobel se adelantó pero parece que se quedó corto. 

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