Un retablo de fantasmas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

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Lemas como el de “America first again” pueden significar una nueva edición de proclamas que, en su momento, le hicieron bastante daño a la humanidad y al progreso armónico de las civilizaciones.

No es extraño que al interior de un país se promueva lo autóctono y se tengan la ilusión y el propósito de preferir lo propio. Después de todo, esa es una tendencia que aparece con facilidad en cualquier parte y resulta difícil de detener. Los problemas surgen cuando esa pretensión busca deliberadamente pasar las fronteras y hacerse válida en relación con los demás, a través de los vehículos propios de la exaltación nacionalista.

Como el lenguaje es el medio más idóneo de difundir ideas sobre procesos y situaciones específicas, su uso se convierte en agente de contagio de una u otra forma de interpretar la realidad, describir problemas y concebir soluciones. La diversidad de interpretaciones es usual en el escenario político, porque, después de todo, allí la lucha gira en torno, y a través, de diferentes maneras de interpretar y describir una misma realidad, y de proponer frente a ella determinadas prescripciones.  Sin embargo, cuando la interpretación de las cosas se presenta de manera fragmentada y busca exaltar con vehemencia y exageración ciertos aspectos, en busca de la acumulación de argumentos en favor de una causa excluyente, las consecuencias, internas e internacionales, adquieren proporciones devastadoras, máxime cuando sus pregoneros son personas con audiencia asegurada.

El mundo escucha justo ahora, desde diferentes confines, un coro desordenado de jefes políticos que, a juzgar por su discurso, parecerían estar dedicados a la reedición de fenómenos de los menos agradables del pasado. Su exaltación estruendosa del culto por los intereses nacionales, así como el cierre de las puertas tanto a extranjeros como a disidentes, todo con un dejo de pretendida superioridad, enrarece el ambiente de un mundo que, a estas alturas de la historia, debería haber aprendido las lecciones de aquellas épocas en las que precisamente ese discurso y esas actitudes condujeron a tanta destrucción.

El lenguaje, y las actitudes, que hasta ahora se han hecho presentes en los nuevos episodios, no se limitan la exaltación nacionalista genérica. De manera espontánea en unos casos, y aparentemente elaborada en otros, se producen gestos de liderazgo orientado hacia el aislacionismo económico, el recelo hacia la competencia en los negocios, la codicia por todo lo que se pueda ganar, la prevención por lo que se pueda perder, la descalificación de los enemigos políticos, e inclusive la amenaza con la apelación al potencial económico o militar como factores de disuasión.

Ese desfile de fantasmas del pasado debe ser motivo de preocupación. Quienes vivieron las secuelas de las confrontaciones de esa naturaleza, que desencadenaron tantas tragedias, tienen la obligación de emprender a tiempo todo tipo de acciones políticas para contrarrestar el avance enloquecido de una carrera internacional marcada por esa tendencia irresponsable y pendenciera. 

Son varias las generaciones que no tienen idea de los efectos de esa contaminación del ánimo político, que puede llegar a ser tan peligrosa para la supervivencia del planeta como la que resulta de los atropellos a la naturaleza. Estas mismas generaciones, y sobre todo las que apenas se comienzan a asomar a la vida política, solo han estado expuestas al oleaje que producen los actores de los experimentos actuales, con su lenguaje de exaltación de lo propio, la negación de los méritos de los demás, el cierre de las fronteras, la construcción de muros, el abandono de compromisos comunitarios, y el refuerzo de una sensación exagerada de orgullo nacional con base en el poderío económico, militar y cultural.

Si la receta para el buen funcionamiento del mundo del futuro fuera la que incorpora ese tipo de ingredientes, el destino común de la humanidad de nuestros días no sería muy distinto del que llevó a las guerras del Siglo pasado.

Ahora existen medios suficientes de acción política ciudadana que pueden penetrar hasta lo profundo del alma de los pueblos, sin pasar necesariamente por partidos políticos y sin someterse a los controles de otras épocas. Las redes sociales forman, de hecho, una especie de poder internacional que puede funcionar en favor de la decencia, en la medida que, a través de ellas, cada vez será posible exigir más a los políticos de todas partes. Por ese camino los ciudadanos de muchos países pueden alertar a los de otros para que no sucumban al embrujo de los cantos de sirena de los voceros de la oleada nacionalista.

El mundo se debe alejar de esos fantasmas. El ejercicio de una “ciudadanía mundial” empieza a tener oportunidades de acción política colectiva, por encima de ideologías y gobiernos. De ahí que, ahora sí, sea posible una respuesta desde los pueblos, o mejor, desde una ciudadanía democrática, mundial, que debe despertar y exigir no solo respeto por el planeta sino rechazar esas pretensiones de dictar principios que tienden a favorecer, sin ningún recato, propósitos aislados de grandeza, a costa de los demás. De manera que se abra el camino hacia una civilización democrática que salga de las fronteras nacionales, en beneficio de sectores cada vez más amplios, que estén dispuestos a vivir nuevas dimensiones de la experiencia de vivir en sociedad.

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