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Escrito por:

José Lafaurie Rivera

José Lafaurie Rivera

Columnista Invitado

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Vencidos los términos para inscripción de listas al Congreso y para entrega de firmas, los aspirantes a suceder al gobernante de la mermelada y del Nobel de paz –sin paz–, se colocan oficialmente en el partidor.

Las fichas están sobre la mesa y las coaliciones a la orden del día, para tratar de triunfar en primera vuelta, como lo habría logrado Óscar Iván Zuluaga hace cuatro años, cuando tuvieron que montarle escándalo para detener su impulso. Esta no es apenas una referencia nostálgica, pues las huestes del Centro Democrático hoy siguen intactas alrededor de Iván Duque, escogido en un proceso interno y disciplinado, sin meterles la mano al bolsillo a los contribuyentes.

De Iván Duque, más allá del lugar común del “Macron colombiano”, se puede decir que no solo le cabe el país en la cabeza, sino el mundo, gracias a su experiencia en la banca multilateral y a su dominio de los temas económicos, atributos definitivos para lidiar con las consecuencias del manejo errático y derrochón del Gobierno, que entrega el país al borde de perder el grado de inversión, aunque el ministro Cárdenas encuentre discursos alquimistas para convertir lo malo en bueno.

Además de sus condiciones personales, Iván Duque es el único candidato que tiene detrás un partido, así, con mayúsculas; y con ese respaldo se convierte en el eje de una gran coalición de centro-derecha, agenciada por los expresidentes Uribe y Pastrana, a la cual llegarán Martha Lucía Ramírez y Alejandro Ordoñez para definir candidato único en 2018. Es la coalición que triunfó en las urnas plebiscitarias alrededor del NO, y que hoy tendrá de su lado a muchos que votaron SÍ por compromiso enmermelado, o bien, porque creían en esa paz mal hecha y hoy están desencantados.

El Partido Conservador, sin Martha Lucía y el exprocurador Ordóñez en sus toldas, se quedó sin candidatos con posibilidades reales. No obstante, su decisión es una incertidumbre para la consolidación de las coaliciones. Sumarse a la de centro-derecha sería lo consecuente para el partido de Caro y Ospina; adherir a la candidatura de Germán Vargas, su otra opción, representaría su desnaturalización ideológica.

Vargas Lleras ha hecho una tarea programática seria y cuenta con importante apoyo de las maquinarias parlamentarias, pero hoy luce estancado, a pesar de la adhesión de un sector cristiano que está pensando más en curules que en ideas. Quizás se siente seguro con sus 5 millones de firmas, pero las firmas no son las urnas.

El Partido Liberal, después de su lánguida, costosa y polémica consulta, quedó fracturado con la exclusión de Galán, de Sofía Gaviria y Vivian Morales, y con las acusaciones de parcialidad de Cristo, que es quien maneja las maquinarias parlamentarias. Por ello dejó solo a De la Calle, buscando coalición alrededor del mal llamado proceso de paz, pero la de Fajardo, López y Robledo no lo quiere cerca, así que solo le queda arrimarse a la izquierda de Clara López y Petro, o por qué no, a la Marcha Patriótica de Piedad, que dice ir sola –con el pueblo– aunque en realidad tiene detrás al partido Farc y a los millones del narcotráfico lavados por el Acuerdo.

Quedan los autoproclamados limpios de la Coalición Colombia, remendada después del empellón que le propinó la locuacidad intemperante de Claudia López. A mi juicio, están limpios, pero de ideología, de fuerza programática, pues a Fajardo no se le conoce pronunciamiento alguno, más allá del evidente compromiso contra la corrupción.

Ya en el partidor, veo triunfante a la coalición de centro-derecha. Es mi pronóstico y mi esperanza.

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