La relatividad del tiempo (III)

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Dominados los mares, quiso el hombre desafiar los cielos para volar alto y lejos. Ícaro y Dédalo, imitando a las aves, retaron al Sol y murieron en el intento. Leonardo, el genio universal, soñó con aeroplanos, paracaídas y helicópteros siglos antes de que surgieran los primeros aparatos voladores. Valientes pioneros inventaban los primeros aviones: pero intentar volar era demasiado arriesgado. El vuelo corto y limitado de los rudimentarios aeroplanos solo exigía navegación visual, muchísimo menos de lo requerido por los sofisticados marineros, descubridores de los arcanos celestes y maestros de los cronógrafos.


Londres, en 1884, gracias a un consenso internacional, se convierte en el ombligo del mundo: en el distrito de Greenwich, una línea que atraviesa el observatorio instalado en el pequeño cerro que domina la vista, dividió al mundo en dos: se define ese sitio como longitud 0°, 0´. 0´´. Despuntaba el siglo XX cuando Planck desarrolla la teoría cuántica. Poco después, Einstein publicaba sus teorías de la relatividad que cambiaron definitivamente la percepción de las dimensiones, la medición del tiempo, el funcionamiento del universo y el entendimiento de la física sideral. Tiempo y espacio se convierte en una unidad y nuevas mediciones son necesarias. La aviación debe cambiar muchos conceptos para apuntar a horizontes más lejanos y, por qué no, a viajar más allá de la atmósfera.

La Primera Guerra Mundial escenificó impensados avances de la aviación que, como un ave en ciernes, apenas crecía y se desarrollaba retando alturas, y distancias, derrotando cada nuevo desafío y generando nuevas invenciones. La aviación táctica militar y la aerofotografía abrían otros horizontes. Las distancias del planeta se hacía menores cada vez, y se empezaron a destinar plazas para pasajeros en las aeronaves: iniciaba la aviación comercial. Para ir más lejos, más alto y más rápido se requería mayor exactitud y precisión en la medición del tiempo y la posición del aparato volador.

La llamada Edad de Oro de la aviación está entre las dos Guerras Mundiales. Los motores ganan potencia, la madera abre paso al metal, se domina la aerodinámica y se diseñan máquinas más funcionales: el impacto socioeconómico es enorme, y los ases de la guerra comandan naves civiles. La creatividad fue incentivada con jugosos premios. Dirigibles, autogiros, hidroaviones y otros aparatos se valen de la radiocomunicación y aparatos más sofisticados, oxígeno y relojes son compañeros inseparables de las alturas, y la cabina presurizada es obligatoria. Los aviones de reacción, los jets, se presentan en sociedad.

La “Hora Zulú”, o Tiempo Universal Coordinado (UCT) se referencia en Greenwich. Las normas de aviación exigen precisión matemática para medir el tiempo; de Suiza llegan sofisticados relojes, como el Bretiling, dotado un transmisor de alta frecuencia para situaciones de emergencia. Los pilotos ahora deben saber de curvaturas, zonas horarias y muchísimas saberes distintos. El lenguaje aéreo cambia así como el mapamundi, pero también las técnicas y aparatos de geolocalización y medición del tiempo.

El reloj atómico de la segunda postguerra pudo fraccionar aún más el tiempo, con un precisión actual de un segundo en veinte millones de años, y con ello se pudieron desarrollar mucho más la aeronáutica, la navegación marítima y las aplicaciones civiles y militares. La Guerra Fría, lucha de las dos potencias de entonces, se va al espacio. Rusia lanza su Sputnik y los Estados Unidos responden con una red satelital que después se utiliza para crear el GPS (Global Positioning System), antes un secreto militar y hoy de uso corriente, que se basa en la triangulación de al menos tres satélites y la hora exacta de cada uno de ellos, utilizando las señales emitidas por un objeto. El cálculo del tiempo de las señales permite una localización con precisión casi milimétrica. La antigua Unión Soviética desarrolló su geolocalizador, el Glonass y, más recientemente, los europeos lanzaron el sistema de navegación Galileo, dando información exacta de posicionamiento, navegación y determinación de la hora a usuarios de todo el mundo. Una sinfonía de relojes, satélites y otros dispositivos sofisticados.

Los soviéticos sorprenden al mundo abriendo la carrera espacial y, desde 1961, nombres como Laika, Vostok, Gagarin aparecen en las noticias. En respuesta, Kennedy desafía públicamente a la Nasa a enviar una nave tripulada a la Luna, que en 1969 llegaría al Mar de la Tranquilidad.

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