Pasa aquí y allá

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Los vientos que soplan hoy en Colombia no son vientos de esperanza. Los editorialistas de todos los medios no cesan en su afán de anunciar la hecatombe. Unos lo hacen desde la economía y otros desde lo social o lo ambiental, desde la política, el arte, la cultura, la ética y la moral. Pareciera que todo está a punto de desmoronarse sin que exista la más mínima posibilidad de evitarlo. Ellos están inmersos en el análisis de una realidad nacional que, con razón y sin ella, nos trasmiten, untándonos de su escepticismo, al punto de paralizarnos de miedo.

Piensa uno que al día siguiente de publicado uno de esos editoriales, escritos con tanta firmeza y convicción, se producirá en el país un sismo social o político que nos hará estremecer desde los pies a la cabeza. Pero, nunca pasa nada. La situación o el hecho que suscita el comentario o la crítica continúa su curso sin romperse ni mancharse. Pasa lo que dice Héctor Lavoe en su Periódico de Ayer: “…es noticia olvidada”. A lo sumo un pronunciamiento tardío del fiscal general o una pataleta teatral de los implicados, defendiendo su integridad y su honra.

La gente se niega a leer. No quiere saber más de lo que hacen o dejan de hacer quienes encabezan los titulares. Mucho menos quieren tener contacto con quienes tratan de mostrar lo malévolo o perverso detrás de las malas noticias y sobre cuál es esa “segunda intención” que anima a los saltimbanquis que ocupan el escenario. Se resisten a saberlo, porque las investigaciones nunca terminan y las sanciones nunca llegan. El “peso de la ley” no cae sobre nada, la justicia flota y se diluye en el aire, porque su masa y las partículas que la conforman le hicieron conejo a la Ley de la Gravedad.

Que “los tiempos pasados no volverán” para la economía nacional; que “la política criminal es caótica” por la improvisación de las medidas; que “mejor sembrar coca” como el más próspero y lucrativo negocio son craso ejemplo de la catarsis de los columnistas en las páginas editoriales, convertida en rutina que socaba la inmaculada fe de los lectores, hasta hacerla trizas y juntarlas en un guiñapo de temores, expresión de la anomía que los lleva a “dejar hacer, dejar pasar”. Cómo pedirle entonces que la masa participe, que vote y que vote bien además, si lo único que siente y ve cerca es el “apaga y vámonos” en desbandada.

Una fuerza brutal imperceptible, con poder y arraigo, opera a su antojo la incertidumbre de los pueblos, con la venia de los que gobiernan -son títeres- que no saben que es el mercado el que manda, que crea sus propias leyes y se autorregula a perpetuidad. Él dice qué se produce, qué se siembra, qué se compra y qué se vende, qué se escribe y qué se lee para que ocurra lo de siempre: gobiernos entregados, endeudados y moralmente desmantelados en donde se agigantan confundiéndose ignorancia, corrupción, pobreza y violencia.
“Un sistema -explica el economista Fabio Giraldo I.- que no tiene en cuenta las tendencias globales de la sociedad, no logra cumplir con las expectativas de la población y puede caer en situaciones de ilegitimidad e insostenibilidad en el largo plazo”.

Los columnistas no tienen la culpa. Tampoco los lectores. Somos parte del juego y victimas de quienes nos radicalizan, fraccionan y enfrentan supuestamente para que “el comunismo (¿cuál?) No avance” y no seamos otra Venezuela, otra Bolivia, otra América Latina sometida a lo que le imponga la cambiante dinámica del mercado global, en la que pugnan guerras y conciliaciones, acumulación y miseria, sostenibilidad y destrucción, inclusión y desprecio por la vida humana y animal, autoritarismo y democracia, razonamientos anti-éticos, falsedades y medias verdades que nublan la intención de entender para luego explicar.

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