Cousteau

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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No hace mucho se estrenó en Colombia una película biográfica de Jacques Cousteau, el francés que cautivó al planeta entero con sus atrevidas exploraciones de tinte oceanográfico, es decir, científico, aunque no necesariamente fueran ciencia. De hecho, queda claro con esta gran producción que el Capitán Cousteau era, ante todo, un hombre pragmático, un hacedor que no se detenía ante nada ni nadie para lograr que su Calypso anduviera de aquí para allá, surcando los mares del mundo en busca de aventuras, casi como un Julio Verne contemporáneo, pero como uno que vivía sus propias narraciones. Dueño de un carisma arrollador, Cousteau fue más allá de lo que a cualquier otro se le había ocurrido hasta entonces, sin importar que tuviera limitaciones de conocimientos, o que hubiera empezado su emocionante vida náutica casi a los cuarenta años, sin un franco y sin contar con gente de suficiente experiencia. Solo con el corazón, con imperturbable ambición e inspirado por la bandera tricolor francesa que izaba en lo más alto.


Recuerdo bien ser muy niño y estar parado frente al televisor viendo las hazañas de estos intrépidos franceses que se amistaban de manera espontánea con el hábitat que investigaban, como si hubieran nacido en el agua misma del océano, como si la vida telúrica no fuera sino un mientras tanto del que no valía la pena hablar. En cambio, el agua, el sol, el barco, los animales extraños (y los no tan extraños, pero mejor mostrados), la tripulación, la convivencia, las risas..., todo parecía sacado de una historia en la que triunfan los buenos, los que tienen tan nobles ideales como saben sufrir las adversidades, y, claro, celebran al final. La epopeya de unos cuantos en nombre de lo mejor que tenemos los que nos quedamos, conformes, en la aburrida existencia de tierra firme. Un acto de humana generosidad.

A partir de este filme queda claro que mucho de lo visto era, ciertamente, una puesta en escena. Cousteau, en realidad, dedicaba bastante tiempo a hacer parecer inadvertido aquello que era producto de un frío cálculo. Hacía repetir las tomas de algunas de sus apariciones, aquellas en las que daba instrucciones para que su liderazgo en imágenes se volviera un sobreentendido; llevaba a su esposa en el barco (y tenía “una amante en cada puerto”); comía con sus hombres (sí, como si fuera uno más), y se vestía con uniforme de buzo (gorro rojo, camisa azul abotonada hasta el cuello), cuando en verdad poco más le importaba aparte de la plata y la fama que había detrás del teatro; es decir, no era distinto de cualquier otro hombre de negocios. Pero le interesó siempre no parecerlo.

La segunda parte de la felicidad de Cousteau en el mar fue la que empezó con el tema ecologista. Después de haber sido cómplice de la empresa petrolera en la ubicación de yacimientos submarinos de crudo (no lo estoy condenando: esa era la contraprestación debida por el patrocinio con el que el Comandante pudo iniciarse como cineasta), no tuvo reparos, cuando se quedó sin financiación, en dar el timonazo a la izquierda y declararse ambientalista: si se había pasado media vida entre la naturaleza, ¿por qué no iba a ser un defensor de la flora y la fauna marinas? Su viraje me hace pensar en los acomodaticios activistas de las causas sociales populares, cuya importancia suele perderse en los vacíos del hambre de notoriedad de aquellos, y así, banalizarse. Cousteau no era un vulgar oportunista, sin embargo. Era, él, todo energía…, hasta el final, desde el principio.

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