Del humor

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Últimamente, he alimentado la costumbre de leer (y destripar) algunos de los libros mejor vendidos que llegan al país desde los mercados globales, pese a que lo hagan un poco tarde. Me gusta saber qué lee el grueso de la gente en naciones con tradición literaria más dilatada y profunda que la nuestra; esto, merced a naturales razones históricas, o, quizás, porque el lastre del subdesarrollo puede que sea tan grande que incluso alcance a manifestarse en materias distintas a la ciencia y a la tecnología, a la industria y al comercio, al dinero y al poder. Puede suceder que se haga presente hasta en lo que, se ha dicho -con razón o sin ella-, que somos potencia latinoamericana y mundial: nuestra presuntamente cálida humanidad: después de todo, la literatura es eso, un intento por recuperar los amores perdidos…


Digo lo anterior porque no estoy seguro de que tenga razón aquel escritor ganador del Premio Nobel (¿Kenzaburo Oé?) a quien le leí en una entrevista, hace muchos años, que en literatura no hay subdesarrollos. Me temo que sí, que es muy posible que los libros que honran las palabras -al menos los que lo logran- no sean solo el producto de buenos deseos y de calidez; seguramente son el resultado del gran esfuerzo de intelectos hábiles para descifrar realidades complejas (no complejas por enredadas, necesariamente, sino por no ser simples: por la multiplicidad de individualidades actuantes en ella, digamos); y, desde el cual, se han podido construir edificios enteros de sonidos dormidos, edificar nuevos ambientes paralelos, tan superficialmente inofensivos al principio, como influyentes en la vida, esa sí, real. Más allá de esto, es apenas obvio que pueden escribirse –que se han escrito- magníficas obras en cualquier parte: el debate está tan vivo como el planeta mismo.

Estoy en medio de la lectura de La biblioteca de los libros rechazados (Le mystère Henri Pick), del celebrado escritor francés David Foenkinos. Texto muy serio, claro y punzante, que tiene la extraña virtud de recordarme al Quijote: el autor se dedica, con suma delicadeza, a mamar gallo con la vida de la gente (sus ínfulas, sus miedos, sus apetencias), tanto que, al leer, uno ni llega a darse cuenta de estar resoplando sin quererlo. Ese libro me ha hecho pensar que el humor no es solo cosa inteligente, como afirman, sino sobre todo perversa: hay que tener muy poca compasión por el prójimo para disfrazar de necesidades narrativas tales minucias acerca de la intimidad ajena, sin que ello parezca una burla. Hay que ser muy frío para separarse casi completamente de las debilidades de los demás, dejar de ver las propias en aquellos reflejadas, y todavía permitirles vivir después de la tortura indolora. 

Debe padecerse cierta dosis de cinismo para hacer este fino humor. Una sensibilidad cruel. La potestad de entender a quienes nos rodean, o incluso a quienes nos molestan, y ni siquiera a estos odiarlos, sino más bien escribir sobre ellos, aunque solo sea para alimentar la sorda comedia. Algo que bien podría ser característico en algunos asesinos en serie es apenas el talento particular de determinados autores, subdesarrollados o no. La sonrisa provocada como vehículo de comprensión de la ridiculez de los seres humanos cuando se deshumanizan: recurso aceptable dentro de la visión total de los días, ideal para tomar distancia de lo inmediato…, y entonces reír sin culpa.

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