De profesión…, ¿juntaletras?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Estuve leyendo un interesante ensayo autobiográfico del japonés Haruki Murakami que, en realidad, más que ensayo, y más que autobiografía, es toda una paciente relación de revelaciones sobre su trabajo de escritor, animada por algo que no dejó de parecérseme al sereno valor de un samurái de Kurosawa. Especialmente, me gustó el énfasis que exuda este libro, De qué hablo cuando hablo de escribir, respecto de la idea de individualismo que Murakami cree necesaria, en su caso y como requisito esencial, para el solitario oficio de la escritura. Cada cual estará o no de acuerdo con él, lo cierto es que no es gratuito que se haya concentrado en la acción y el efecto de la individualidad personal, y, al mismo tiempo, que se haya explayado minuciosamente, por igual sin atisbo de prepotencia ni de humildad fingida, en lo que le ha representado dedicar su vida a dar alma a historias cortas, medianas, de largo aliento, pero, sobre todo, muchas, y muy elaboradas todas ellas.


Tal vez ahí radique el secreto del renombre del autor asiático, en su indeclinable voluntad para sentarse y completar las diez páginas diarias, con temple que no desfallece ante el hastío, la pereza, el desánimo, y que tampoco se declara victorioso antes de haber terminado la tarea en su totalidad. O, es posible, se me ocurre ahora, que su mérito haya estado en haber sido capaz de asumir actitudes difíciles, como mirarse al espejo en su momento y decirse a sí mismo, sin miedo, que las historias que entonces se disponía a escribir ya no podría abordarlas, en adelante, mediante la aparentemente simple primera persona del singular, el yo, sino que tendría que desarrollarlas desde diferentes puntos de vista narrativos: él, ella, ellos, nosotros…, con las necesarias mudas dimensionales que ello implicaba; es decir, con mayor esfuerzo. Y sin dejarse destruir por las críticas. 

Quizás la razón de su triunfo yazca en la manía editora, esa que le hace reescribir lo escrito por entero, corregir, pulir, dar a leer a otros y luego volver a escribir, reescribir, corregir y pulir. Algo que bien puede parecer enfermizo a algunos es, ciertamente, el autocontrol de calidad de alguien que sabe lo que hace, porque lo ha sufrido. Es probable que todo eso conjugado le haya servido, en su correspondiente proporción, para lograr no ser uno más. El talento, por su parte, es relativizado por Haruki Murakami en estas páginas: admite que, desde luego, lo tiene, pero no en demasía; en cambio, insiste sin descanso en la obligatoriedad de saber divertirse escribiendo novelas, y, aunque no lo afirma abiertamente, deja entrever que la verdadera capacidad para crear algo valedero parte de allí, del disfrute imaginativo. Es mi conclusión después de interpretar sus opiniones como un todo.

Ante el polémico asunto de la inteligencia, con la sinceridad que atraviesa a este documento para la posteridad, Murakami se aclara: no es necesario ser más inteligente que la media para ser escritor. La gente inteligente, asevera -entre otras cosas-, es rápida, precisa, extrae conceptos concretos de confusas abstracciones. Un escritor no necesariamente, dice. Un escritor -al menos él- se demora en comprender, y es dable que por eso mismo escriba, para organizar su mente. Entiendo que esta no es una postura que en manera alguna pretenda disimular la vanidad del que ansía ser desmentido con halagos. En absoluto: más bien es la confidencia de alguien que ya no los necesita y que se siente mejor consigo mismo adelantándose a la historia que otros publiquen de él cuando ya no esté.
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