Propaganda negra, posverdades y elecciones

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Hace algo más de una semana apareció la última encuesta que muestra en la punta del lote a Sergio Fajardo y en tercer lugar a Claudia López: suman entre ambos el 32.2%. Se sabía que vendrían inmediatos ataques encaminados a destrozar su imagen pública; la alianza de ambos con el senador Robledo le agrega otro 5.3% a la intención de voto, muy por encima de Vargas Lleras, con el 12,5%. Y eso, definitivamente, no les cae bien a los políticos tradicionales de este país, acostumbrados a poner en la presidencia a los mismos de siempre. Los candidatos alternativos y honestos son amenazas a la corruptela tradicional que nos tiene inmersos en el peor lodazal de todos los tiempos. Para atajar las aspiraciones de otras personas apelan a la guerra sucia, una de sus armas favoritas cuando se les anuncia el control de sus fechorías.


Los principios de la propaganda que Goebbels utilizó para idealizar la imagen de Hitler y despedazar a sus adversarios ha sido materia de estudio desde entonces. Uno de ellos es la propaganda negra, orientada a difamar, avergonzar o tergiversar a los adversarios, según lo describió Leonard Doob en 1950. Por lo regular, la fuente de la calumnia no está identificada; el público objetivo no es consciente de la manipulación ejercida y las personas no saben que las orientan como desean los autores, difusores de grandes mentiras y estructurados montajes usando todos los medios de comunicación disponibles. La mayor perversidad está en la manipulación se ejercen personas informadas, quienes como individuos creíbles, formadores de opinión y con seguidores, se convierten en amplificadores cualificados y confiables de la difamación cumpliendo con el pérfido objetivo de la fuente: destrozar al adversario. “Calumniare fortiter aliquid adhaerebit” (La calumnia se adhiere fuertemente a algo), decían los aviesos de la Roma antigua.

La rumorología, una forma más efectiva y perversa de la propaganda negra, aprovecha las redes sociales como cajas de resonancia. Cass Sunstein, en su libro Rumorología, afirma que un murmullo difundido “debidamente” causa daño irreparable a la persona o institución afectada; cuando ya ha sido propagado, es casi imposible desmentir un chisme por más absurdo que parezca. En 2008 en Estados Unidos Barak Obama fue señalado de musulmán, nativo africano y amigo de terroristas. Aun cuando nada era cierto y todo fue rebatido, todavía hay muchas personas convencidas de ello. Para el año 2010, llegó a Colombia uno de los más controvertidos rumorólogos a participar en la campaña presidencial. Desde entonces, en nuestro país pocas honras permanecen intactas.

Otra variante particularmente dañina y poderosa es la mal llamada “posverdad”, tergiversación malvada de la realidad empleada eficazmente por los políticos; “verdades” fabricadas que, bien presentadas, instituyen la credibilidad suficiente para generar una carga emocional negativa con el propósito de envilecer la opinión pública. Casos recientes fueron el Brexit, el referendo por la paz en Colombia o la campaña presidencial en Estados Unidos. Mentiras coladas entre medias verdades lograron las metas trazadas. Muchos datos no tienen comprobación, muchas afirmaciones carecen de piso, muchas fotos son trucadas y, con insólita frecuencia, frases aisladas sacadas de contexto generan una eficaz y calculada tergiversación.

En la próxima campaña presidencial veremos magnificado el uso de tan repugnantes herramientas; no vale para el grueso público de dónde vienen sino a quién se dirige la ponzoña y qué destruye. La mayor paradoja aparece cuando los autores de los infundios carecen de reserva moral. Es hora de que los políticos, más desprestigiados que la propia guerrilla según marcan las encuestas, presenten propuestas serias y viables en vez de atacar la honra ajena. Es el momento en que la justicia, en su peor desprestigio histórico, cumpla con sus obligaciones constitucionales y legales. El legislativo, peor de desacreditado, debería pensar en algo diferente a sus propios beneficios. Lo más importante es que ese grueso público -del que hacemos parte- sepa entender su oportunidad histórica de cambiar a tanto siniestro personaje, no solo haciendo caso omiso de la retorcida propaganda negra que nos inundará, sino rechazando los asquerosos infundios propalados por los calumniadores profesionales. Es un reto que debemos afrontar, pues la perversidad resulta atractiva para un público deseoso de ver y oír “deliciosos” chismes”, más aún si lesionan la honra de gente seria y honesta.

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