El niño que juega

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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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“Camilito”, le decimos, es un deportista consumado y obsesivo. Tiene apenas doce añitos y admira a su tío, porque a pesar de sus sesenta y seis, es el único adulto que no se cansa “al ratico” cuando juegan.
Ahora está dedicado al básquet y no encuentra a partir de las cuatro, cuando ya bajó el sol, cancha disponible en la que pueda lanzar unas cuantas bolas al aro. Todas, a esa hora, están ocupadas por las “escuelas deportivas” que nacieron, después de que la alcaldía de Santa Marta le metiera mano a los parques y a los bulevares.  

Debieron haberlo pensado: una inversión en infraestructura recreativa y espacio público para la ciudad, repercute en calidad de vida (y en convivencia) de sus habitantes. No había sitios en los que la población infantil, jóvenes y adultos se  encontraran para hablar, disentir o jugar. Los que sobrevivieron a los embates de la desidia y el abandono oficial, terminaron convertidos en guarida de atracadores y maleantes. Pero hoy, son otra cosa. Son lugares bien acabados, iluminados, ambientados paisajísticamente y con por lo menos una cancha de uso mixto (básquet y micro-futbol)

Esta acción del Gobierno hizo que se desataran algunos conjuros que no sé si el aprendiz de brujo previó: aparecieron los entrenadores y con ellos, las escuelas de deportes ofreciendo formación a deportistas intensos, como Camilito, que antes no tenían en dónde desfogar sus energías. Aparecieron aprendices por montones y también los vendedores de agua, gaseosas y golosinas. Hay por lo menos un entrenador por cada cancha, unos cien, que con su iniciativa lograron motivar a unos dos mil o tres mil niños, que pagan por recibir y aprender sus enseñanzas.

Como se aprecia, el impacto de estas intervenciones fue brutal. No sé si lo calcularon los administradores. La inventiva y la creatividad reaccionaron ante la adversidad, dando lugar a: entrenadores con escuelas como negocios; niños y jóvenes ocupados y equipados; padres de familia integrados con todos y por supuesto con sus propios hijos; competencias entre escuelas deportivas y, una economía que se mueve al ritmo de los nuevos ingresos y actividades, que demandan una oferta distinta (de zapatos, gorras, camisetas y balones) que, aunque son más los productos resultantes, todos requieren respuestas más elocuentes, que los potencien y cualifiquen. 

Qué tal aprovechar esta gran oportunidad e indiscutido escenario para remover, en el marco de los XVIII Juegos Bolivarianos que se avecinan, los obstáculos que  impiden a la ciudad destacarse deportivamente. Para mostrar, no sólo la espectacularidad de los escenarios en los que se llevarán a cabo, sino su  capacidad intrínseca para reactivar la vida deportiva de la ciudad e iniciar la preparación de atletas de alto rendimiento, que la representen con sobrada solvencia competitiva.

Entendiendo que los juegos no son el punto de llegada, sino el punto de partida para una mayor transformación, ojalá sin precedentes en la historia deportiva de Santa Marta que, desde los Juegos Nacionales de 1950 y el campeonato aquel del Unión en 1968, no suena ni truena. Ante el rotundo silencio de las autoridades, sólo nos queda disfrutar hablando sobre si estarán listos los escenarios, si terminaron las obras de urbanismo, si alcanzó la plata, si pararon los trabajadores por falta de pago, si la interventoría hizo cumplir los estándares y normas internacionales, si el rugbi se juega en Pescaíto, si pegó la grama del estadio de béisbol, si no es poco doce mil espectadores para el estadio de fútbol, si el público acudirá masivamente o si Camilito y los pequeños basquetbolistas podrán apreciar a sus estrellas bolivarianas. Amanecerá y veremos.  


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