Cerca de la paz lejos de la justicia

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Escrito por:

Sergio Iván Gutíerrez Rodríguez

Sergio Iván Gutíerrez Rodríguez

Columna: Opinión

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Contra todo pronóstico y en contra de la voluntad del pueblo, se firmó el acuerdo de paz entre al Gobierno Nacional y el grupo narcoterrorista de las Farc.
Pero no solo eso, la política nos demostró hasta dónde puede llegar para dominar nuestras vidas. En esta ocasión, utilizó la religión, una herramienta muy poderosa. 

El país se paralizó, durante una semana completa, con la visita del máximo jerarca de la iglesia católica. Por más que se dijera lo contrario, quedo demostrado que la llegada del papa Francisco a Colombia, no solo traía un mensaje religioso, fue un espaldarazo al acuerdo de fin del conflicto armado.

Lo que más me preocupa de todo esto, es que no creo en la intención de paz y reconciliación que pueda tener las Farc. Sencillamente, lo único que buscan es llegar por cualquier medio al poder. Si para lograrlo tienen que rezarle a Dios y al diablo, lo harán, no nos quede la menor duda. Son comunistas. Aunque no creen en la existencia de Dios, los vimos muy religiosos y devotos a la iglesia católica en la visita del Papa.

Las Farc nos han demostrado de lo que son capaces, fundaron su partido político manteniendo las mismas iniciales del grupo narcoterrorista que más daño le ha hecho al país, en medio de un concierto de chamaneria y brujería. A la semana siguiente, estaban comulgando con la iglesia católica. Descarados y oportunistas.

El tema de la paz se ha convertido en una utopía para someter al pueblo. Pasó de ser un derecho fundamental a convertirse en una herramienta para indultar delincuentes y violentar otros derechos. Por ejemplo, el de la justicia. No se puede sacrificar un derecho por otro. De esta forma no se alcanza el perdón y la reconciliación.  

Como en toda guerra, las víctimas son los más indefensos y desprotegidos. Esta no ha sido la excepción. En particular, nuestras víctimas no solo ha sido la población civil, también nuestra Fuerza Pública ha sido objeto de todo tipo de ataques terroristas que atentan contra los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario.

Como nación, tenemos las experiencias de varios procesos de desmovilización de grupos armados, algunos de ellos guerrilleros y otros de autodefensa mal llamados paramilitares. Con diferentes pretextos y desdibujada ideología, pero en ambas situaciones, han pasado a la historia como protagonistas del derramamiento de sangre y sufrimiento causado al pueblo colombiano.

Para recordar, podemos citar el holocausto del Palacio de Justicia, donde vergonzosamente los terroristas terminaron indultados y ocupando cargos públicos como honorables congresistas, alcaldes y gobernadores; los defensores de la democracia fueron condenados a largas penas privativas de la libertad, y las inocentes victimas aún persisten con el inconsolable dolor de la injusticia.

No es fácil confiar en las buenas intenciones de una organización que financió su lucha armada con las utilidades del narcotráfico y el secuestro. No muestran intenciones de arrepentimiento y mucho menos de reparar a sus víctimas. Como si fuera poco, con la complacencia del proceso, no entregaron la totalidad de los menores que reclutaron para la guerra. 

Como colombiano, hago parte de esa inmensa mayoría que quiere vivir y heredar a las nuevas generación un país en paz. Pero, no quiero ni considero conveniente que eso sea el resultado de un proceso de impunidad, donde se sacrifique el derecho a la justicia de millones de víctimas, para satisfacer la ambición de poder de un puñado de delincuentes. No podemos tener paz sin justicia.

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