Otro hijo ilustre de Aracataca

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Escrito por:

Sergio Iván Gutíerrez Rodríguez

Sergio Iván Gutíerrez Rodríguez

Columna: Opinión

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La primera impresión que tuve al volver a ver a Benjamín Cuello Henríquez fue la huella imborrable que deja el paso del tiempo. Lo recordaba más joven. A pesar de todo, los años no le han quitado la alegría y el swin caribeño, en especial, el carisma y la sencillez. Eso sigue intacto.


Nos habían presentado hace ya bastante tiempo, o mil siglos como dice él; en el pueblo o Cataca como le llamamos familiarmente. Llevaba varios años siguiéndole el rastro sin poder localizarlo, prácticamente desde que me enteré que Gabriel García Márquez no era el único hijo ilustre de Aracataca, entre otros tantos, estaba un muchacho que no se perdía un partido de futbol, pero no para jugarlo, sino para narrarlo.

Famoso no solo por su virtuosa voz, sino por su original estilo de contar chistes, cantar una que otra canción y disparar dichos jocosos mientras trabaja, o más bien, mientras hace lo que más le gusta: narrar futbol. Exponente de mil anécdotas, todas con el mismo picante caribeño, impregnadas de esa esfera universal de la zona bananera. Donde, para poder sobrevivir, hay que comer guineo en todas sus presentaciones posibles.

Más allá de ser uno de los mejores narradores deportivos de nuestro país, Benjamín es portador de un estilo único. Fiel exponente del carisma y picante que caracteriza al locutor colombiano, en especial al caribeño. De esos que te hacen sentir emociones, te elevan la adrenalina y hasta provocan un infarto en plena trasmisión de un partido de futbol. De los bondadosos, que llevan alegría a los lugares más remotos gracias a la magia de la radio.

Después de mucho tiempo, logramos coincidir en la misma ciudad y luego de varios intentos fallidos, por fin pudimos cuadrar horario para compartir un almuerzo. Llego con Camilo, su hijo, que bien le ha sabido heredar la alegría que lo caracteriza. Fuimos a un buen restaurante, pero no de esos donde te cobran hasta las miradas, sino uno sencillo, donde nadie te mira mal si te comes el arroz con la cuchara, a la antigua, como dice el locutor cataquero.

Hablamos de todo un poco. Entre temas de futbol, historias del pueblo y anécdotas varias se nos fue el tiempo. Comulgamos en la preocupación por el inmenso vacío que están dejando los locutores tradicionales en el género deportivo, y en la triste apreciación de las nuevas generaciones, que parecieran querer lucir más refinados con la utilización de términos extranjeros. Se está perdiendo el brío y lo virtuoso del locutor criollo, concluimos.  

Finalmente, con promesas de nuevos encuentros nos despedimos, Benjamín marchó con su paso lento, ese mismo que dejan los años pero que no lo han podido apartar de su pasión por la radio. Al otro lado de la calle, quedé yo, con esa perenne sensación de lo afortunado que somos los que nacimos bajo lo cósmico del universo macondiano. Ese mismo que se respira entre Sevilla y Aracataca.

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