Tengo la razón

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Las ciudades nos sorprenden a veces enrostrándonos y enfrentándonos con situaciones que para la sociedad ya fueron popularmente aceptadas. Tal vez nuestro apego con el pasado, a los buenos hábitos de los mayores, a “la urbanidad de Carreño”, nos está alejando de esa realidad que terminó imponiéndose en la cultura urbana de la ciudad de Santa Marta y de otros lares. Vivimos anhelando “mano dura” y “autoridad”, para “meter en cintura” a quienes sin ningún fundamento prefieren determinadas actitudes y comportamientos, alegando “razones prácticas” (Kant), que conciernen unas a la ética y otras al derecho o a la política.


“Estoy trabajando, ¿qué quieres que robe?”, es la expresión en boca de personas que interrumpen el tránsito de los demás mientras descargan frente a un local de comercio o residencia. “¿No ves que voy de afán?”, la usan las que pitan, se atraviesan, zigzaguean, pasan semáforos en rojo, trepan andenes, estacionan sobre las cebras y andan a mil. “¿Qué miras, te debo?”, es la inmediata respuesta de las que se sienten requeridas o cuestionadas por el particular que reacciona exaltado ante cualquier irregularidad de las tantas que se cometen durante el trasegar citadino.

“Cuando más evoluciona una sociedad -escribió alguna vez Fernando Savater- , cuando más compleja y rica en ofertas se hace, más apoyo presta al yo de cada uno de sus miembros”. Esto sucede porque atesoramos una verdad, la defendemos como la única y luchamos por imponerla a toda costa. La lógica interna en la que se sustentan nuestros actos, ajustados o no a normas establecidas, es expresión del egoísmo que hace que el ser humano se resista a cumplir las obligaciones y requerimientos de la convivencia, que están basadas en la solidaridad.   

Sin embargo, Jeffrey Sachs, profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York y una autoridad en temas de economía y pobreza, dice que el enemigo número uno del desarrollo sostenible es el egoísmo. Sostiene que en esto radica el conflicto y se pregunta: ¿si es la política una batalla por el interés propio, como dijo Maquiavelo, o es la búsqueda del bien común, como lo dijo Aristóteles?  Lo que a pequeña escala trato de mostrar a partir de los hechos que llegaron para quedarse en la conciencia urbana, a los que el profesor Antanas Mockus contrapuso la “educación y la cultura ciudadana” y Juan Manuel santos el Código de Policía, son síntomas de una enfermedad que nos acecha como el experimento humano fallido que pronosticamos ser. 

Estamos atrapados en una “paranoia colectiva de individualismo posesivo”, como se atrevió a afirmarlo el economista Fabio Giraldo I., que está llevando a que el mundo sea cada vez más peligroso e inhabitable, no porque alguien lo predijo y lo sustentó científicamente, sino porque ya estamos viviendo las tormentas, los huracanes, los temblores y terremotos, las sequías, las inundaciones, las olas de calor y los tsunamis, sumados a los desmanes de quienes creen por siempre tener la razón. Tendríamos que ser muy estúpidos o corruptos irredentos para ocultar e ignorar lo que está sucediendo.

Recurro a una explicación pesimista ubicada en el campo de la filosofía de la ética, para ser un poco optimista y reiterar el llamado a recurrir a las energías renovables; a ser mucho más responsables con el uso y el aprovechamiento de nuestros recursos; más respetuosos de nuestros valores, cultura y tradiciones; más consecuentes con nuestro sentido común y menos egoístas, teniendo como premisa que no hay nada más imprescindible e ineludible a la vez, más desagradable para no pocos seres humanos, que tomar decisiones sin tener que aducir, diciendo o haciendo, que tengo la razón.      

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