La junta directiva del mundo

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Escrito por:

José Lopez Hurtado

José Lopez Hurtado

Columna: Opinión

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Colombia está intentando recuperar el sitial de honor que por espacio de varias décadas ocupó en la diplomacia continental, pero que se vio ostensiblemente desdibujada durante los ocho años de régimen del señor Álvaro Uribe, quien en la práctica aisló al país del concierto internacional. Hoy la situación es totalmente diferente cuando aún no se ha cumplido un año de mandato del nuevo gobierno.

El celebrado preámbulo de la reanudación de las relaciones con Venezuela, diseñó un nuevo marco de positivas realizaciones .Su marcado protagonismo en Unasur, a pesar de la deuda de legitimidad que aún mantiene el organismo como lo hemos planteado en varias oportunidades, es otra muestra de que se comprometerán todos los esfuerzos posibles para escribir una nueva página en las relaciones con otros Estados y órganos de influencia regional y mundial.

La inclusión colombiana en el Consejo de Seguridad como miembro no permanentes de la ONU y la Presidencia que ocupará a partir del presente mes de abril, no solo refleja el auspicioso trabajo del mandatario Juan Manuel Santos y de su hábil Canciller Ana María Holguín, sino que al mismo tiempo, constituye inequívoca señal de la recuperada imagen que proyecta Colombia ante los ojos de la comunidad de naciones.

Esa confianza, no obstante, deberá ponerse a prueba, frente a los enormes desafíos que le esperan al asumir la dignidad presidencial, en momentos en que la escena mundial se encuentra atiborrada, si se permite la expresión, con episodios de muy graves connotaciones, que se suman a las que representan la inestabilidad del mundo árabe, sujeto desde hace varias semanas a una suerte de imprevisible dominó, sobre cuyo desenlace nadie se atreve a pronosticar.

Túnez, Egipto, Bahréin, Yemen, Libia,-- urgida hoy de recursos de la ONU para evacuar a miles de inmigrantes que huyen del conflicto y que comienzan a caer en manos de contrabandistas que los llevan ilegalmente a Europa- , y Siria, el supuestamente más estable de los países árabes, son las cartas marcadas o no que encontrará la presidencia colombiana durante su ejercicio.

Sin dejar de mencionar el reciente y terrible capítulo del asesinato de once funcionarios de la ONU en Afganistán y el mismo desastre natural y nuclear de Japón, sobre cuyas consecuencias para el planeta, es muy poco lo que se sabe .Resulta claro que es una excelente oportunidad para que Colombia aporte con un nivel de excelencia su grano de arena en la discusión de los grandes temas de la lucha contra el terrorismo y la delincuencia global, particularmente la de tráfico de drogas, flagelos que la han azotado con crudeza en forma particular durante décadas.

El Presidente Santos ha querido personalmente dirigir el debate que tendrá lugar en relación con la situación de Haití, para convocar definitivamente la solidaridad mundial y hemisférica, tras la emergencia del terremoto que lo destruyó, que vaya más allá de las declaraciones retóricas, como ha ocurrido hasta ahora. Difícil agenda que comprometerá los mejores esfuerzos e inteligencia de la diplomacia colombiana, pero que de todas maneras es un examen inevitable que deberá rendir, si quiere volver a ocupar, como decíamos al principio, puestos de privilegio y admiración de la comunidad internacional.

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