¿Pelea u ordenamiento territorial?

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Escrito por:

Edward Torres Ruidiaz

Edward Torres Ruidiaz

Columna: Opinión

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La pelea por Belén de Bajirá ratificó el pobre concepto e inadecuado uso que se tiene en Colombia del ordenamiento territorial. Desde rasgamiento de vestiduras de los gobernantes locales hasta adjetivos de corruptos, politiqueros y hasta “destrozadores del país”, como llamaron los analistas de bluradio al Diputado que osó cuestionar el polémico papel de Bogotá en el tema. En ese mismo contexto, hace un siglo la que debía ser una objetiva decisión técnica entre federalismo y centralismo, terminó convertida en un mar de sangre que aún no termina de correr.


Dos puntos para aclarar. El primero, que la soberanía es un principio que aplica entre Estados (art 3 de la LOOT), no entre entidades territoriales por lo que es impertinente la seudo soberanía que asumen los gobernantes locales cada vez que se plantea modificar un territorio.

Como un Gobernador de Magdalena que ante la propuesta de que Palermo fuese anexada al área metropolitana de Barranquilla expresó “jamás cederé un centímetro de nuestro territorio” (¿O alguien duda que Palermo actúa y ejerce como un barrio de Barranquilla y que es esta ciudad la que asume sus costos?) O un Gobernador de Bolívar que dijo que le iban a “Balcanizar” su territorio y, cual iracundo Virrey del siglo XVIII, corrió a asimilar con delincuentes a los promotores del nuevo departamento en la Depresión Momposina. Hasta Fals Borda lo padeció cuando en un acto en la Universidad del Valle, el rector de esa institución le dijo en público que los vallecaucanos no se desprenderían jamás por las buenas de su porción territorial del Pacífico (Camacho). Igual pasará cuando alguien plantee el absurdo de que Medellín necesite diez alcaldías para administrar una sola ciudad. Y así es cada vez que alguien cuestiona el ordenamiento territorial, cual si el territorio fuese una propiedad personal.

Y ahí aplica lo segundo: No hay que asustarse con las modificaciones que exige el territorio, pues este no es un ser inerte y eterno sino un ente vivo y en permanente cambio ante las dinámicas sociales, el principio de flexibilidad de la LOOT. Según Guillermo Gaviria “primero el ser humano, luego el territorio, después la relación entre estos dos y, posteriormente, las instituciones y las leyes que fijan las reglas de juego para estabilizar las relaciones”. El territorio debe adaptarse a la manera como la gente vive y no al contrario. Así, el asunto no es a quien le pertenece el territorio sino quién puede prestar el servicio institucional a los ciudadanos con mayor eficiencia, eficacia y pertinencia. Precisamente, los conflictos surgen cuando el diseño de la institucionalidad no responde a esas dinámicas sociales. Es el tema de fondo.

Y para definir la forma, lo político-administrativo, son vitales conceptos como la propincuidad, la cercanía entre el centro administrativo y sus periferias para disminuir costos, planteada por Massiris. Lastimosamente la forma en Colombia sigue construyéndose sobre los mismos prejuicios históricos que nacieron. Por ejemplo el río Magdalena, mojón natural usado por los españoles como criterio de división para repartirse el territorio usurpado, hoy se sigue usando para dividir municipios, departamentos y Corporaciones Ambientales. Fals Borda siempre reclamó ¿será que aquella lógica perversa del siglo XV es pertinente a los objetivos del ordenamiento territorial de nuestro tiempo? Por supuesto que no, pero se sigue aplicando con resultados nefastos como es desperdigar nuestra homogénea Depresión Momposina en tres departamentos de capitales alejadas, costosas y distintas y en tres inoperantes corporaciones ambientales. Y aun así las gentes de nuestros pueblos siguen conviviendo entre ellos, disímiles al arbitrario ordenamiento impuesto por la ley.

Quienes se benefician del problema nunca llevan la discusión al nivel científico y se quedan en el adjetivo y en el sofisma, confundiendo “desmembración” con “reordenamiento” y “autonomía” con “soberanía”, escenario en el cual pueden defender el modelo del que, aparentemente, se están beneficiando. Y la prensa lo explica aceptando que la clase política no se va a dejar quitar sus beneficios, igual que si se exaltaran los argumentos del violador contra la pena de muerte por su horrible delito.

Seguramente todos esos factores eran pertinentes al caso de Belén de Bajirá, aunque al final se minimizó a un problema técnico de trazado y dibujo. Y así, al final nadie habló de lo que había que hablar: de ordenamiento territorial.

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